Siria reordena sus alianzas mientras Moscú negocia mantener Tartus
La caída de Damasco no ha cerrado el tablero sirio: lo ha reabierto con las piezas cambiadas de sitio. En apenas unos días, el gabinete de Bachar al Asad ha seguido en funciones, las embajadas de Irán y Rusia han reabierto sus puertas y las banderas de la nueva autoridad se han izado con una rapidez que invita a pensar en algo pactado. La pregunta que sobrevuela el análisis es incómoda: si las bases rusas en Siria acabaran siendo atacadas, ¿serviría ese golpe como un «Pearl Harbor» que legitimara a Moscú para una respuesta masiva contra la OTAN?
Qué se juega Rusia en Tartus
El paralelismo con Pearl Harbor no es casual. La tesis que recorre el análisis sostiene que un ataque contra instalaciones rusas en territorio sirio funcionaría como el casus belli que Moscú necesita para justificar una escalada abierta contra la Alianza Atlántica. El problema es que esa lectura choca con los hechos: hay quien sostiene que Rusia ha negociado con la nueva autoridad siria para que
Tartus siga siendo rusa, lo que implicaría una cesión a cambio de conservar la base. Si Moscú hubiera querido un pretexto, no habría pactado.
Hay quien sostiene que Rusia no tiene ni la fuerza ni la capacidad para abrir un segundo frente abierto y que, por tanto, la hipótesis del Pearl Harbor es más un ejercicio retórico que un escenario operativo. En contra pesa el argumento de que la doctrina nuclear rusa contempla el ataque a infraestructura crítica como umbral de respuesta. La discusión, en todo caso, se libra en el terreno de las hipótesis.
El reparto de influencias que nadie firma
La reunión del
7 de diciembre de 2024 en Doha aparece en el análisis como el momento en que Rusia, Estados Unidos, Israel, Turquía e Irán habrían decidido repartirse el país en zonas de influencia más o menos inestables. Es la lectura que explica la suavidad del proceso: el nuevo gobierno sirio conserva instituciones, mantiene las bases rusas y se declara anti Al Qaeda y anti Estados Unidos, igual que antes.
La tesis más provocadora va más lejos:
Hayat Tahrir al-Sham habría sido una operación de infiltración y contrainteligencia ruso-siria para contrarrestar a Al Qaeda y proteger las bases rusas del noroeste. Los datos que se citan para sostenerla son concretos: desde 2019, HTS no solo respetó los altos el fuego, sino que arrestó a comandantes de facciones yihadistas y les obligó a entregar armas pesadas para impedir ataques contra el régimen. En junio y julio de 2020, esa dinámica ya estaba documentada.
El factor turco y el petróleo que nadie explica
El papel de Turquía es el que más incomoda a todas las partes. La cúpula rebelde responde a su influencia y las aspiraciones otomanas sobre antiguos territorios siguen vivas. La relación entre HTS y Ankara se describe como circunstancial y de conveniencia: en 2017, el grupo permitió la entrada de soldados turcos en Idlib como parte del
proceso de Astana, una decisión que marcó un giro significativo y que otras facciones yihadistas criticaron.
Mientras tanto, la pregunta que nadie responde con datos es cómo se justificará ante la opinión pública el control de los recursos energéticos de la zona. El petróleo que antes pertenecía a Siria sigue siendo el elefante en la habitación. Y las ejecuciones de antiguos oficiales del ejército sirio, denunciadas por unas partes mientras otras las niegan, añaden un componente de violencia que ninguna partición sobre el papel resuelve.
Las bases, el termómetro real
El indicador que despejará dudas no son los comunicados, sino lo que ocurra con las instalaciones militares. Dos aviones Antonov han salido de las bases rusas evacuando material pesado, según el análisis. Si Rusia conserva Tartus, la tesis del pacto gana enteros. Si las bases caen, la hipótesis del Pearl Harbor recupera fuelle.
La paradoja es que Israel sigue atacando objetivos en Siria, incluido el puerto de Tartus, donde hay buques de guerra rusos estacionados. Si el nuevo régimen es una operación rusa, ¿por qué permitir que Israel bombardee los restos del ejército sirio? La última cifra que se maneja habla de
250 objetivos destruidos. La respuesta no está en los datos.
¿Y si todo esto fuera, simplemente, un lavado de cara con los mismos actores detrás?