¿Se acaba la incursión rusa? La predicción que no llegó a 2023
¿Se acaba la incursión rusa en Ucrania con la caída del gobierno de Kiev y la instalación de bases militares permanentes? Ese fue el pronóstico que abrió el asunto: se preveía la caída del gobierno y el establecimiento de
bases duraderas rusas, y con ello el final del «juego de la
OTAN». El calendario ha jugado en contra de esa frase. Lo que sobrevive es un reguero de reflotes en los que se recuerda que la predicción no se cumplió en 2023 y se da por hecho que tampoco lo hará en 2024.
La tesis: bases permanentes para garantizar el cumplimiento
El argumento no era improvisado. El mensaje se apoyaba en un análisis, atribuido a Rob Lee, según el cual el problema de fondo es que
el acuerdo de Minsk nunca se implementó, de modo que Rusia exigiría mecanismos más fuertes para asegurar el cumplimiento ucraniano. Entre esos mecanismos, el propio análisis citaba dos:
bases militares rusas permanentes en Ucrania o una ocupación militar de parte del país a corto o medio plazo.
Ahí está el núcleo: no se discutía si habría alto el fuego, sino qué garantías lo sostendrían si el papel firmado no basta. Quien defiende esa tesis insiste en que ninguna potencia entra con tanques en un país solo para firmar un documento.
Y el envite real era otro: si Moscú consolida presencia militar estable, lo que se da por acabado es, en los términos del mensaje inicial, el juego de la OTAN.
De la caída de Mariupol al aviso del Pentágono
Las primeras respuestas fueron de rechazo frontal. Se sostenía que hablar de bases duraderas era ridículo, y se ironizaba preguntando si los rusos ya desfilaban por las avenidas destruidas de Kiev. Otra línea daba por hecho que
la caída de Mariupol marcaría el fin de la guerra y que Europa acabaría haciendo las paces sin mucho ruido.
Apareció el contrapunto: el Pentágono no comparte ese escenario, con enlace a una información de
Fox News.
Quién reconstruye el Donbás y quién se queda el terreno
El asunto derivó pronto al terreno económico. Un argumento se repite: gastar lo que no te van a dar en destruir una región que después tendrás que reconstruir es un mal negocio, y si al final es la Unión Europea la que pone el dinero para levantar el Donbás, el siguiente que llegue volverá a arrasarlo. De ahí sale la idea de que la zona queda convertida en
tierra de nadie, ese escenario distópico que nadie quiere reconocer en voz alta.
En paralelo asoma la capa monetaria. Una de las previsiones más lanzadas apunta a que hoy
más del 80% del comercio mundial se liquida en dólares y que un imperio sin esa divisa no es viable, con la conclusión —a un año vista— de fractura interna en Estados Unidos. Son apuestas sin red que el calendario firmará o desmentirá.
También hubo sitio para el efecto en casa: la advertencia de que en España tocará racionar energía y comida, con la lectura amarga de que eso llega justo cuando se proclama que se va ganando. El asunto, de paso, se fue por las ramas hacia comparaciones históricas —la entrada en la OTAN, el mito del oro, la política española de hace medio siglo—, terreno resbaladizo y en buena parte ajeno a lo que se estaba debatiendo.
Del racionamiento a la vuelta de Yanukóvich
Hay un tramo en el que la conversación baja al terreno doméstico. Se advierte de que en España tocará apretarse el cinturón, y la réplica llega con retintín: que el otro lado nada en la abundancia y que quien lo dice puede irse yendo por delante, a ver si es verdad. Dos certezas incompatibles conviviendo en el mismo párrafo.
El asunto también asoma a la especulación política: se apunta a que el expresidente Yanukóvich estaría listo para volver a escena. Nada de eso se sostiene con datos en la discusión; son hipótesis dichas al calor del momento, no hechos comprobados.
El reflote: la predicción que caducó sin ruido
Cuando el asunto volvió a subir a la superficie, el tono ya no era de análisis sino de escarnio. Se señaló que el mensaje sonaba «a 2022», que la predicción no se cumplió en 2023 y que tampoco iba a cumplirse en 2024, y se pidió a los defensores de la tesis que buscaran una narrativa nueva. La respuesta, en varios casos, fue el insulto en mayúsculas y sin argumento.
Eso es lo revelador: un pronóstico presentado en su día como inevitable se ha convertido en pieza de arqueología. No porque nadie haya demostrado lo contrario con datos —el fondo sigue abierto—, sino porque el calendario, que es el juez más tozudo, ha ido pasando página sin pedir permiso.
Queda un consuelo para quienes pronosticaron el derrumbe: si el juego de la OTAN no se ha acabado, tampoco se ha acabado la costumbre de reflotar el pronóstico cada vez que el tiempo pasa. La próxima vez, antes de fijar la fecha del derrumbe, conviene mirar el calendario. O no: sin esas predicciones, el reflote pierde toda la gracia.