Si hay guerra, 20 minutos de vida: desertar o ir al frente
En un conflicto tipo III Guerra Mundial, un civil sin instrucción militar enviado al frente tendría, según la premisa de partida, unos
20 minutos de vida. Es el dato que abre la discusión y, a la vez, el que la define: si el sacrificio es tan corto como inútil, la pregunta deja de ser si uno quiere luchar y pasa a ser cómo evitar que le lleven. La llamada a filas —el reclutamiento obligatorio— a la que se enfrentarían quienes no han hecho la mili recorre el hilo con un patrón insistente: casi nadie habla de ganar la guerra, y casi todos, de esquivarla.
¿Qué se responde cuando llega la carta de reclutamiento?
Las salidas se ordenan por grados de escaqueo. La más citada es la
deserción pura: desaparecer y aguantar escondido el tiempo que haga falta. Un participante recuerda que su bisabuelo hizo exactamente eso y propone repetir el método, con un argumento práctico: hoy hay menos medios para localizar a una persona que hace ochenta años. Se habla de esconderse
4 o 5 años en el mismo sitio donde se ocultó él. Añaden algunos que no han jurado bandera y que ese detalle debería contar a su favor a la hora de negarse.
A la guerra, sostiene otra corriente, debería ir quien cobre por ello, no los hijos de las familias con recursos ni la clase política. El destino del que se prepara: los montes, un huerto aislado, una casa fuera de las ciudades. Varios coinciden en que la vida urbana será la peor posición en un conflicto moderno, y recomiendan disponer desde antes de una segunda residencia fuera del país y de liquidez en el extranjero. La preparación deja de ser una afición y pasa a ser el plan B con el que no acudir.
¿Se puede librar uno cambiándose de sexo o fingiendo una discapacidad?
Cambiarse de sexo, alegar una regla dolorosa, ponerse una peluca rubia y cambiar el mes de nacimiento o acreditar una discapacidad psíquica. Son las ocurrencias que más se repiten, siempre en tono de broma y sin ningún respaldo legal en el material. La más afinada apunta a un supuesto certificado de discapacidad grave —
un 75%— que eximiría del servicio. No hay en la conversación un solo dato que confirme que ninguna de estas vías funcione realmente.
Y ahí está la clave: el chiste sirve para nombrar una sospecha más seria, la de que los criterios de exención son arbitrarios y se sortean con papeleo. La broma, repetida hasta el cansancio, deja de ser graciosa cuando se lee como lo que es: desconfianza total en que el sistema haga excepciones justas y no de conveniencia.
Los mayores de 50 y la duda sobre la edad máxima de reclutamiento
Uno de los ramales más productivos es el de los límites de edad. Alguien pregunta cuál es históricamente la edad máxima de reclutamiento y no obtiene una cifra cerrada. Sí aparece una respuesta personal: un participante de
50 años afirma que él quedaría en la reserva. Sobre el fondo sobrevuela la comparación con las levas de última hora, las que movilizan a civiles mayores y sin instrucción para tapar agujeros. La impresión que se repite en varias versiones: la edad no protege, solo retrasa la llamada.
El precedente ucraniano que ya se ha vivido
Aquí la hipótesis se cambia por la experiencia. Se cuenta el caso de un empresario ucraniano que llegó a España de vacaciones con su mujer y sus
3 hijas 2 semanas antes de que estallara la guerra, y que ya no volvió: sigue aquí y ha montado otro negocio. El episodio se usa como prueba de que quien puede anticiparse, se anticipa, y de que la etiqueta de desertor queda en el aire. ¿Será un desertor?, se pregunta, y nadie responde.
La conclusión práctica que se extrae es la de moverse antes de que empiece el conflicto, no cuando ya estén repartiendo las armas. Quien tiene segunda vivienda fuera y algo ahorrado, se dice, lo tiene más fácil que quien depende de una nómina en la ciudad sitiada.
La comparación con la pandemia y la fuerza de la presión social
Una comparación recurrente es la del cumplimiento durante la pandemia, cuando, se argumenta, bastó la presión social y alguna sanción para que casi todo el mundo siguiera las normas. Se usa como aviso, discutible, de que ante una leva obligatoria la resistencia individual duraría poco. Otros lo dan la vuelta: si nadie quería aquello y aun así se aceptó, imagínese con una carta de reclutamiento en el buzón.
Una franja minoritaria coquetea con respuestas violentas contra la propia maquinaria de reclutamiento, planteadas en términos genéricos y sin salir del terreno de la fantasía. No son propuestas, son un estado de ánimo: el de quien ya no espera nada de quien le manda.
La política y la lealtad en disputa
La discusión deriva también hacia la política. Una parte sostiene que no iría a defender el sistema actual, y unos cuantos plantean alistarse en el bando contrario al propio gobierno. El escepticismo de fondo es el mismo en casi todos los tramos: la sospecha de que quienes deciden la guerra no serán los primeros en ponerse el casco.
Un apunte histórico cierra el círculo: la referencia a las milicias de última hora, formadas por civiles mayores y adolescentes, que un Estado moviliza cuando ya no le quedan soldados. Quien se resiste y quien se resigna comparten una intuición incómoda: cuando un país empieza a contar ciudadanos sin instrucción como tropa, la guerra ya se ha perdido en los despachos. La pregunta que nadie responde del todo es qué haría cada uno al recibir la carta: ¿desertar, esconderse o presentarse y esperar la ocasión?