Donar a una ONG, ¿fue colaborar con la inmigración masiva?
Primero fue el donativo trimestral a Médicos Sin Fronteras. Luego la crisis, la baja de socio. Y años después, la conclusión: “yo he colaborado a que vengan los migrantes”. El testimonio, difundido en junio de 2018, no era un caso aislado. Antiguos donantes de ACNUR, Oxfam o Cáritas relataron experiencias parecidas: apadrinamientos en Bolivia, SMS de un euro al tsunami de Tailandia, contratos de trabajo para empleadas peruanas. Casi todos coincidían en un mismo sentimiento: la ingenuidad de quien creía que su dinero iba a salvar vidas y descubrió que alimentaba un entramado mucho más complejo.
El negocio de la solidaridad
La tesis central que recorre estas confesiones es que las ONG han acabado dependiendo de la crisis que dicen combatir. “Las ONG existen para dar de comer a los que trabajan en ellas”, se argumenta. Los escándalos no ayudaron: el de Oxfam en Haití –trabajadores pagando por servicios sexuales– y los 24 casos internos de abuso revelados por Médicos Sin Fronteras marcaron un punto de inflexión. En el lado contrario, se cita a Cáritas como excepción, con una eficiencia superior al 80% de los fondos llegando a destino. La disparidad alimenta la desconfianza.
También aparece la sospecha de que el modelo de captación se basa en el chantaje emocional. La figura del captador de socios, a comisión, se convirtió en un lugar común de las calles españolas en plena crisis. Los recortes de 2010 a las subvenciones públicas no hicieron sino reforzar esa deriva hacia la financiación privada.
Del “nadie es ilegal” a la rectificación
Una parte de los ex donantes insiste en que no fueron proinmigración, sino simplemente receptores de una ideología dominante. “En España casi todo el mundo era pro-inmigración hace diez o quince años”, recuerdan. El giro posterior –partidos identitarios, discursos restrictivos– no sería una deriva, sino una respuesta al descubrimiento de que la ayuda humanitaria podía estar facilitando una llegada sin planificar. No faltan las anécdotas autoirónicas, como el SMS de un euro al tsunami enviado en plena fiesta, que resumen una especie de arrepentimiento generacional.
Entre la culpa y la exculpación
Las posturas no se ponen de acuerdo. Hay quien sostiene que donar fue un acto razonable en su contexto y que la vergüenza no debería ser colectiva. Otros responden que “la falta de conocimiento no exime de responsabilidad” y que la ingenuidad no borra las consecuencias. En medio, una tercera vía recuerda que la solidaridad no desaparece: se financia con impuestos aunque no se quiera. La pregunta de fondo –si el acto de donar a una ONG es equiparable a fomentar la inmigración– sigue abierta.
El dato que descoloca: en 2010, cuando aún no había crisis de refugiados en los titulares, el Gobierno español ya recortaba subvenciones a estas organizaciones. La desconfianza hacia el sector era anterior al arrepentimiento. Y quizá fue eso, más que cualquier escándalo, lo que empezó a cambiar la opinión pública.