Europa ante el pulso por Groenlandia: silencio, cálculo y cero planes
Groenlandia es un territorio autónomo danés de 50.000 habitantes que, según algunos participantes, Dinamarca lleva años describiendo como deficitario. Donald Trump ha declarado que Estados Unidos necesita la isla «para la seguridad internacional» y que la obtendrá «de una forma u otra». La pregunta que recorre los análisis no es si Washington tiene un plan, sino qué haría Bruselas si el plan se ejecuta. Y la respuesta que domina es incómoda: probablemente nada.
Qué ha dicho Trump y qué hay detrás
La declaración del presidente estadounidense no es un arrebato aislado. La isla concentra recursos estratégicos —tierras raras, hidrocarburos, nuevas rutas árticas que el deshielo está abriendo— y controla el acceso marítimo entre Asia y Europa. Quien domine Groenlandia controla el grifo por el que pasa buena parte del comercio chino hacia el continente. Ese es el cálculo geopolítico que hay detrás del ruido.
La tesis que gana peso en los análisis es que no habrá una invasión militar al uso. El escenario que se dibuja es otro: Dinamarca concede la independencia a Groenlandia —un movimiento que ya tiene recorrido político en Copenhague y apoyo en la propia isla— y el territorio independiente acepta después un protectorado estadounidense a cambio de financiación y cobertura militar. Una anexión por la puerta de atrás, sin un solo disparo y sin que nadie tenga que votar nada incómodo en la OTAN.
El artículo 5 de la OTAN y el problema de invocar al aliado
Si alguien espera que Europa active el artículo 5 del Tratado de Washington, conviene recordar quién lo activaría. El agresor sería el propio paraguas bajo el que se refugia Europa. La ironía se escribe sola: invocar la defensa colectiva contra el país que financia la defensa colectiva. Ese es el nudo que nadie quiere desatar en voz alta.
La respuesta más repetida en los análisis es que Bruselas haría lo que hace siempre: una comisión, un comunicado firme, una reunión urgente para fijar otra reunión. El ridículo como política exterior. Hay quien sostiene que ni siquiera habría indignación real, porque los medios y los gobiernos se encargarían de vender la operación como una contribución a la seguridad occidental y a la lucha contra Rusia. El relato, en ese escenario, escribiría la historia antes de que ocurriera.
El precedente que nadie quiere mirar: Cuba, Puerto Rico, Gibraltar
La comparación que más se repite es histórica. Europa no movió un dedo cuando Estados Unidos se quedó con Cuba y Puerto Rico. Tampoco ha movido un dedo con Gibraltar, que sigue en manos británicas sin que la UE haya convertido el asunto en una prioridad. Si ese es el historial, la conclusión es sencilla: Groenlandia no va a ser la excepción.
El argumento que se esgrime para justificar la inacción es que Groenlandia no es Europa. Está en América del Norte. Es un territorio autónomo, no un Estado miembro. La respuesta a ese razonamiento es inmediata: si la pertenencia geográfica o el estatus jurídico bastan para desentenderse, España debería ir despidiéndose de Ceuta, Melilla y Canarias. Porque el precedente que se sienta con Groenlandia se aplica después a cualquier territorio disputado. Y ese precedente, una vez sentado, no se desmonta.
Qué haría Europa en la práctica: sanciones, tropas o nada
Las corrientes de análisis se dividen en tres. La primera, mayoritaria, sostiene que no habrá respuesta militar ni sanciones: como mucho, una queja lastimera y a seguir pagando la cuenta. La segunda apunta a que Europa se limitaría a prestar apoyo logístico y tropas a Washington, como hizo en su día con las intervenciones estadounidenses en América Latina bajo el paraguas de restaurar el orden constitucional. La tercera, minoritaria, propone jugadas de ruptura: pedir bases chinas en la costa norte europea, armar a Argelia y Mauritania contra Marruecos si el conflicto se traslada al Sáhara, o buscar el apoyo ruso. Esta última opción tiene un problema evidente: Europa quemó esa carta con las sanciones tras la invasión de Ucrania. No hay marcha atrás.
El escenario más plausible, según los cálculos que circulan, es que la operación se ejecute sin que la opinión pública se entere. No habrá tropas, habrá «fuerzas de paz». No habrá anexión, habrá «cooperación estratégica». No habrá invasión, habrá «independencia tutelada». Y los medios repetirán el marco hasta que la historia quede escrita como un acuerdo voluntario entre dos naciones libres.
La pregunta no es qué haría Europa. La pregunta es si alguien en Europa está dispuesto a hacer algo antes de que la respuesta deje de importar.