Galletas de supermercado con un 60% de azúcar y el lobby que financia los estudios
Un documental de investigación francés emitido en La Noche Temática sostiene que se venden galletas con
hasta un 60% de azúcar en los lineales de cualquier supermercado. La pieza, que se puede ver en línea, habla de la adicción al azúcar en la dieta actual y de cómo la industria presiona para que se legisle a su favor, con marketing y estudios científicos financiados por ella. El foco está puesto en Francia, pero el mecanismo de sobredosis de azúcar se extiende sin fronteras.
La pregunta que se cae sola: si el azúcar es tan evidente, ¿por qué cuesta tanto verla en la etiqueta?
Por qué unas galletas light engordan más que las normales
El desglose de cifras desconcierta. Una marca de dieta viene a tener
450 kcal por cada 100 gramos. Las clásicas de toda la vida, alrededor de
435 kcal. Menos azúcar y más calorías. La aritmética lo explica rápido: el azúcar aporta 500 calorías por cada 100 gramos, mientras que los aceites llegan hasta las 900. Si el fabricante rebaja el azúcar, mete grasa. Azúcar, grasa y una pizca de sal: la combinación perfecta para que la mano vuelva al paquete.
Por eso el reclamo
light funciona. Buena parte del público lee «0% materia grasa» y sella el aprobado sin mirar el resto de la minietiqueta. El envoltorio brillante hace el trabajo que la composición real no resistiría.
Jarabes de maíz: el azúcar que no se llama azúcar
Una de las tesis más repetidas señala que no es azúcar de caña ni de remolacha, sino
azúcares extraídos del maíz y tratados químicamente en forma de jarabes y polvos para añadir a los alimentos industriales. Se les atribuye una liberación enorme de insulina, con daño al páncreas y al hígado, exceso de grasa, diabetes tipo II y problemas vasculares. Están en cualquier enlatado, envasado o embutido.
Conviene separar el grano de la paja. Hay quien sostiene que la glucosa es glucosa y la fructosa es fructosa, y que el daño no viene de la molécula sino de la
frecuencia: no es igual una fruta al mediodía que mantener niveles altos de glucosa todo el día, cucharadita a cucharadita, entre el café, el refresco, el postre, el chicle y el caramelo. Ese goteo continuo es el que insensibiliza la insulina.
Del semáforo nutricional al eterno etiquetado pendiente
El etiquetado vuelve a ser el campo de batalla. Los semáforos nutricionales que se propusieron habrían resuelto buena parte del problema de un vistazo, pero quedaron en el aire. Queda el método artesanal: pararse en la tienda, leer con calma y descifrar los distintos nombres que puede adoptar un mismo ingrediente. Una tarea de detectives que el comprador medio acaba abandonando.
A esto se suma la falta de información clara sobre lo peligroso de determinados alimentos y el escaso impulso a un estilo de vida saludable. El azúcar, recuerdan, no solo engorda:
también provoca caries.
Dejar el azúcar: encías recuperadas y kilos que no vuelven
Los testimonios personales van en la misma dirección. Un participante dejó el azúcar hace
cuatro años, después de que su dentista le advirtiera de un principio de piorrea. No le sangran las encías, no tiene caries nuevas y asegura haber
regenerado más de un milímetro de encía, algo que su propio dentista le confirmó pese a que la literatura dice que eso no se recupera. Tampoco engorda.
Otro caso parecido viene de haberse pasado años bebiendo litros de bebida de cola en la adolescencia. El sorbitol y los edulcorantes de las versiones sin azúcar quedan en el punto de mira. La conclusión repetida no es tanto cuánta azúcar como con qué asiduidad entra.
Paleo contra vegetariano: la guerra de las dietas
Cuando el azúcar se retira, aparece la pregunta del millón: entonces, ¿qué se come? Hay quien abandona cereales y lácteos y lo defiende con datos de vitalidad propia. Otros citan un estudio clásico sobre dieta y enfermedad como referencia, y reciben de vuelta el aviso de que ese trabajo está ampliamente rebatido y aborda ciertas cuestiones con poco rigor.
La lista de carbohidratos considerados sanos que circula ordena primero fruta, verdura y frutos secos, y coloca los productos animales en el último tramo, sin pasar del 20-25% de las calorías totales. Enfrente está quien recuerda que las dietas bajas en hidratos (tipo Atkins) suelen fallar a medio plazo. Y en medio, un dato incómodo: las alergias alimentarias se han multiplicado —al huevo, a la lactosa, a los frutos secos— y no aparece nadie que lo explique del todo. La higiene excesiva en la infancia, la comida procesada y otras hipótesis andan sobre la mesa sin dueño.
El cierre amargo
El mercadeo de sustitutos mueve su propio negocio. Frente a las plantas de estevia recién compradas para endulzar el café, está la evidencia de que los preparados homeopáticos vendidos en cantidades ridículas no hacen prácticamente nada, ni para subir ni para bajar el colesterol: solo rascan el bolsillo. Al final, como resume la opción menos glamurosa, el mejor sustituto del azúcar es ninguno. Café sin nada.
El documental deja el listón donde lo dejó: la industria tiene sus estudios, la etiqueta tiene su letra pequeña y el consumidor tiene la vista. No hay más vuelta.