Lágrimas al despedir a los ucranianos entrenados en España
Un grupo de militares españoles despide entre lágrimas a los reclutas ucranianos a los que ha instruido antes de que partan hacia el frente. El vídeo está grabado desde el interior del autobús que se lleva a los ucranianos y los enfoca casi en exclusiva a ellos; los españoles apenas asoman al final, formados y sin que se les distinga el rostro. Sobre esas imágenes se ha instalado una lectura incómoda: que estos hombres no están preparados y que van camino de la muerte. No es un parte oficial, sino la conclusión que extrae buena parte de quienes han seguido la escena.
Qué se ve en el vídeo y a quién enfoca
La primera duda es quién aparece realmente en el metraje. Buena parte de los comentarios sostienen que solo se enfoca a los ucranianos y que los españoles comparecen únicamente en el tramo final, en formación, sin que se les vea bien la cara. De ahí nace el
titular lacrimógeno que acompaña a la pieza y que algunos consideran forzado. Otros recuerdan que el vídeo lo graba un ucraniano desde el autobús y que el foco está donde está el teléfono, no donde estaría la noticia. Aun así, la escena del adiós es real.
El perfil de los que suben al autobús: entre los 40 y los 50
El detalle que más incomoda no es el llanto, sino la edad de los reclutas. Se relata que los soldados entrenados distan de ser jóvenes aguerridos de veinte o treinta años: la mayoría rondaría entre los
40 y los 50, con una complexión física lejos de la de un combatiente. De ahí se salta a la tesis central: son los últimos varones en edad militar que le quedan al país. Frente a eso, hay quien esgrime que el entrenamiento, aunque corto, algo aporta, y quien responde que ningún cursillo convierte a un civil en soldado. El cálculo más pesimista que circula resume el ambiente: con esa preparación, la resistencia en combate se mediría en minutos, no en días.
Cómo se prepara y cómo se combate de verdad
Aquí entra la letra pequeña del ejército español. Un participante con
seis años de servicio militar afirma que, en las misiones en las que estuvo, no salían del cuartel salvo para escoltar convoyes y que la orden era contentar a los aliados sin enfadar a la sociedad española. Según ese relato, había incluso pugnas por acudir a misión y cobrar las dietas. Otro matiza: en Afganistán se operaba en las zonas tranquilas y lo más destacable fue la batalla de Nayaf, llevada a cabo por un regimiento de caballería y francotiradores del MOE, no por unidades de élite. Subyace una conclusión: un ejército que apenas ha disparado en serio no es el mejor espejo para juzgar a quien va a un frente real.
La comparación histórica tampoco falta. Se recuerda la respuesta que el fundador de La Legión, José Millán Astray, daba al recluta que decía venir a morir: que allí se venía a pasar hambre, frío y sed y a recoger a los muertos del suelo, y que solo entonces se quería uno morir. Un ideal de sacrificio que choca de frente con la escena del autobús.
«Contentar a la OTAN»: España como peón
El encuadre político sobrevuela todo el asunto. Se sostiene que el dinero español se gasta en entrenar tropas que sirven a guerras que no son suyas, en línea con la idea de que el país actúa como
siervo de intereses ajenos. La consecuencia que se proyecta es que, si la escalada continúa, lo siguiente será enviar a las propias tropas occidentales a un terreno del que ya no vuelven muchos ucranianos. La frase que resume el fatalismo es la de que esos soldados
ya están muertos aunque no lo sepan. No hay margen para la sorpresa: se da por hecho que los que ahora lloran serán relevados por otros.
La anécdota del cuartel y la pregunta de la deserción
En los cuarteles españoles hay margen para la picaresca. Un veterano recuerda que le tocó pringar en Nochebuena, que le dejaron cenar en casa por vivir a dos kilómetros y que, al volver, tuvo que saltar la valla porque nadie le abría: dentro, la tropa y el suboficial al mando estaban para el arrastre. La digresión sirve a una pregunta que sobrevuela el asunto: por qué los reclutas ucranianos no desertan. La respuesta que se ofrece es simple: desertar de un cuartel en España sería fácil, pero se da por hecho que quienes suben al autobús lo hacen como voluntarios convencidos.
Lágrimas o teatro: la división de los mensajes
El estado de ánimo de quien sigue el asunto va de la compasión al desdén. Una parte se indigna: considera que unos profesionales entrenados para matar y morir no deberían derrumbarse por una despedida y sospecha que el llanto es impostado. Otra responde que lloran precisamente porque, al final del entrenamiento, han entendido qué les espera, y que haber instruido a civiles no borra el destino que les aguarda. En medio, quien recuerda que el consumo de alcohol está prohibido en los cuarteles españoles en horario laboral y añade, sobre los ucranianos, que se bebían
tres pintas en la cantina antes de comer.
La polémica de la solidaridad
No todo es emoción. Hay quien reprocha que se derramen lágrimas por soldados de otro país y ninguna por los problemas del propio, y hay quien devuelve el argumento señalando que quienes exigen a otros ir al frente deberían alistarse ellos mismos antes de llamar cobarde a nadie. El cruce de reproches deja a la vista el fondo del asunto: el cansancio con una guerra que se percibe lejana, ajena y, sobre todo, interminable.
Con este material, la predicción es que el episodio se repetirá —otro autobús, otro adiós— mientras el flujo de reclutas siga dependiendo de los mismos que ahora los instruyen. Con reservas: nada garantiza que la siguiente remesa tenga mejor perfil ni mejor entrenamiento. Y eso, más que las lágrimas, es lo que nadie quiere mirar.