Cuando la propaganda de guerra se sirve de vídeos sin verificar
La propaganda de guerra ya no necesita ser cierta: basta con que se comparta antes de ser desmontada. En las últimas horas ha circulado un vídeo que, según su descripción, mostraría una escena de violencia contra una soldado ucraniana. El mensaje que lo acompaña lo presenta como una denuncia. Pero la propia cadena de difusión ha acabado convirtiéndose en su mejor desmentido.
Los enlaces que debían confirmarlo iban y venían. Unos caídos, otros reenviados con copias de reserva. Entre los que consiguieron verlo, no tardó en aparecer la sospecha: el material podría no ser lo que se afirmaba, sino una grabación de naturaleza comercial etiquetada como si fuera un documento bélico. Incluso hubo quien bromeó con que la escena, más que a un campo de batalla, parecía rodada en Zaragoza. La indecencia no está en plantear la duda, sino en haber difundido la denuncia sin verificar una sola imagen.
En conflictos anteriores, el vídeo falso solía ser propaganda cinematográfica con sello de ficción. Hoy, la herramienta es la descontextualización: sacar una escena de su contexto, cambiarle la voz, ponerle un titular durísimo y esperar a que la indignación haga el resto. La audiencia, que cada vez se fía menos de los canales oficiales, se convierte así en el último filtro de un sistema donde todo el mundo puede publicar y casi nadie comprueba.
La discusión ha dejado al menos una certeza: mientras el conflicto siga produciendo víctimas reales, los vídeos falsos seguirán fabricando más. Y la sospecha de que cualquier denuncia pueda ser un montaje acabará contaminando también las verdaderas. Verificar antes de difundir no es frialdad; es el único respeto posible hacia las víctimas reales.