Inmigración latinoamericana y separatismo: ¿una afinidad incómoda?
¿Es cierto que una parte de la población latinoamericana residente en España muestra simpatías por el independentismo catalán o vasco, y que ese voto podría inclinar elecciones? La cuestión, que hace meses circula en foros de análisis político, ha ganado tracción a medida que los flujos migratorios se consolidan y los plazos de nacionalización se acortan.
El argumento: nacionalidad rápida, voto independentista
La legislación española permite a los nacionales de países iberoamericanos solicitar la nacionalidad tras solo dos años de residencia legal, un privilegio que no tienen otros colectivos. Quienes alertan del fenómeno señalan que, una vez naturalizados, estos nuevos ciudadanos podrían inclinar la balanza en comunidades con fuerte presencia independentista. Según una estimación citada en el debate, la cifra de latinoamericanos que ya han obtenido la nacionalidad rondaría el medio millón de personas, un número no desdeñable en circunscripciones donde los escaños se deciden por pocos votos.
El razonamiento se apoya en la observación de que muchos inmigrantes latinoamericanos (especialmente aquellos con mayor formación académica) llegan con un discurso crítico hacia España, heredado de la leyenda negra y reforzado en universidades. Este discurso —que incluye la reivindicación de términos como «castellano» en lugar de «español» y la idealización de culturas precolombinas— se alinearía con el victimismo del independentismo periférico. De hecho, no es difícil encontrar en redes sociales a personas de origen latinoamericano que apoyan abiertamente a ERC o Bildu, como señalan varios testimonios.
El contraargumento: un odio instrumental, no visceral
Frente a esta alarma, otros analistas sostienen que el supuesto «odio a España» de los latinoamericanos es más bien un producto de importación ideológica, no un sentimiento orgánico. Señalan que el nacionalismo indigenista es un fenómeno de élite urbana, que choca con la realidad cotidiana del inmigrante que busca trabajo y remesas. Además, el voto latinoamericano en España no es monolítico: hay quien vota a partidos de derecha o incluso a Vox, dependiendo de su estrato social y origen.
El verdadero riesgo, según esta visión, no es que los latinoamericanos traigan un separatismo de nuevo cuño, sino que sean instrumentalizados por las maquinarias políticas locales. En la España progre, el victimismo vende; y un inmigrante con discurso anti-español puede encontrar subvenciones y micrófonos. Pero ese mismo discurso, en sus países de origen, suele ser un pasatiempo de clase media que no trasciende a la mayoría.
¿Dónde quedan los datos?
Lo cierto es que no hay estudios concluyentes sobre la orientación política de los latinoamericanos naturalizados. El padrón de residentes extranjeros no cruza nacionalidad con intención de voto. Lo que sí sabemos es que los plazos de dos años para obtener la nacionalidad son un imán migratorio: en 2022, más de 100.000 latinoamericanos juraron la Constitución española. Si una fracción relevante de esos nuevos ciudadanos votara en bloque a opciones independentistas, el mapa electoral podría cambiar. Pero hoy por hoy, es más una especulación que un hecho contrastado.
Lo que el debate revela es una incomodidad de fondo: la retórica del «hermanamiento hispano» choca con la realidad de que muchos latinoamericanos no se sienten españoles, y España tampoco los trata como iguales. El mito de la comunidad iberoamericana se estrella contra el clasismo cotidiano. Y mientras tanto, el independentismo catalán —que siempre ha buscado aliados externos— podría estar encontrando en esta diáspora un caladero de votos. Ironías del destino: el independentismo que tanto apeló a la «España plural» ahora podría alimentarse de quienes llegaron huyendo de la España que dejaron atrás.