Ábalos, ¿chivo expiatorio o corrupto de manual?
¿Es José Luis Ábalos el gran cerebro de una trama de corrupción o simplemente un peón al que han dejado caer? La pregunta recorre los análisis de un caso que suma ya 24 años de petición fiscal, y las respuestas dibujan dos Españas. De un lado, quienes lo ven como un ministro que se dejó atrapar por sus debilidades –mujeres, lujos, un tren de vida de marqués– pero sin capacidad para orquestar nada más allá de su propio beneficio. Del otro, los que sostienen que, aunque no sea el capo, tiene el jardín lleno de cadáveres y su presunta inocencia es un chiste.
El argumento del engañado
Hay quien defiende que Ábalos es un «buenachón» al que las cabezas pensantes del partido le prepararon una trampa, aprovechando su afición por el dinero fácil y las compañías alegres. Según esta tesis, el exministro habría sido una marioneta cuyos hilos movían otros, quizás desde la cúpula del PSOE. La idea casa con un clásico de la política española: el que la hace la paga, pero los que realmente mandan nunca aparecen. «Que no sea el capo no significa que no tenga el jardín llenito de cadáveres», resumen con crudeza algunos análisis.
El otro lado: corrupto hasta las trancas
Frente a esa lectura, emerge la de quienes ven a Ábalos como un corrupto redomado, que aprovechó su cargo para enriquecerse con mordidas de mascarillas en plena pandemia, mientras los españoles confinados veían cómo se gastaba el dinero en coca, champán y prostitutas. «Inocente los cojones», sentencian. La petición de 24 años que pesa sobre él no sería, según esta visión, más que el reflejo de una conducta delictiva consciente y reiterada.
El único punto en común entre ambas posturas: la certeza de que la trama es más grande que Ábalos. Unos creen que le han utilizado; otros, que es parte activa de un entramado que no se detiene en él. Lo que nadie discute es que, si realmente hubiera algo que contar, quién sabe si llegaría a contarlo. Ironías del sistema: callarse es gratis; hablar, a veces, sale muy caro.