Madres que matan: por qué crece quien las absuelve
Hay crímenes que cuanto más atroces parecen, más indulgencia despiertan entre cierta opinión pública. El caso de Lindsay Clancy, acusada de acabar con la vida de sus hijos –entre ellos un bebé–, ha vuelto a demostrarlo: una corriente describe a la procesada como una madre maravillosa y la presentadora Tania Llasera llegó a defenderla en un vídeo que luego borró, confesando que ni ella misma entendía su empatía.
La perplejidad ante tanta compasión selectiva es la sensación dominante. Por un lado, hay quien sostiene que la salud mental materna, sobre todo en el posparto, convierte estos casos en tragedias clínicas que el sistema llegó tarde a tratar. Por otro, pesa el argumento de que la responsabilidad penal no se diluye: ningún contexto convierte a la víctima en sospechosa ni al verdugo en modelo a seguir. Entre medias asoma una tercera lectura, más incómoda: la empatía se distribuye según el perfil del agresor y no según el sufrimiento de la víctima.
El precedente de Almansa sirve para calibrar el cambio. En 1990, una madre mató a su hija de 11 años durante un supuesto exorcismo. Sin redes sociales ni intoxicaciones ideológicas, el caso se leyó como un trastorno mental extremo. Hoy la misma atrocidad enciende consignas, teorías conspirativas y defensas públicas de la acusada. La conclusión no es agradable: el horror se ha convertido en material de batalla cultural.
Queda la pregunta de fondo: si quien mata fuera el padre, ¿cuántos vídeos de apoyo acabarían en la papelera?