Tania Llasera ya no es la chica del abdomen en 2015. A los 46 años, con dos hijos y un aumento de peso notable –las estimaciones circulan alrededor de los 90 kilos, unos 30 más que en su mejor momento–, la presentadora se ha convertido en el centro de un examen público tan duro como previsible. La foto reciente, pelo corto y silueta bien distinta, ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: cuánto pesa el físico en la carrera de una mujer pública.
El escrutinio no perdona a las mujeres
La corriente más ruidosa no admite matices: hay quien dice que “se ha dejado ir”, que la falta de voluntad y el exceso de comida son la explicación, y que eso no tiene género. El contrapunto recuerda que el mismo viaje en un hombre rara vez genera portadas. Mientras unos calculan el peso y comparan con la foto de 2015, otros hablan de lipedema –una acumulación de grasa que ella misma ha mencionado–, de los dos embarazos y del paso del tiempo. La ciencia no está en el debate; la opinión ocupa todo el espacio.
La excusa de la salud y el negocio del Ozempic
Entre los argumentos que se usan, el de la salud es el que queda mejor en público: “debería cuidarse por higiene, no por estética”. Pero la realidad es que la industria y el público que la juzgan no miran las analíticas, miran la cintura. Llasera ha hablado abiertamente de “comedora emocional”, de lipedema y del Ozempic, lo que algunos interpretan como sinceridad y otros como un intento de justificar lo injustificable. La única certeza es que cada kilo suyo es contenido para media docena de artículos.
El coste laboral de engordar en televisión
El efecto práctico se mide en ausencias. Según el análisis que circula, las cadenas han dejado de llamarla, no por falta de talento, sino porque ya no encaja en el molde publicitario. Su aspecto, se dice, la hace parecer más vieja de lo que es y eso en televisión es un pecado capital. La ironía es evidente: la misma industria que convirtió su físico en reclamo ahora lo descarta como lastre.
Un patrón que no encuentra final
En el fondo, el caso de Tania Llasera no es excepcional: es el espejo de cómo la sociedad sanciona a las mujeres por envejecer, por ser madres y por no sostener un ideal que ni siquiera la juventud garantiza. Mientras el público exija cuerpos perfectos a cambio de visibilidad, las cámaras seguirán descartando profesionales. Y si la tendencia no cambia, veremos más casos como este –la única incertidumbre es cuánto tardará la industria en aprender que el público de hoy también envejece.