La muralla que financió un rey de Tartessos existió
En 1992 aparecieron bajo la ciudad turca de Focea los cimientos de una muralla que llevaba más de dos milenios sepultados. Con ellos se desmontaba uno de los argumentos más repetidos para tachar Tartessos de leyenda. El rey Argantonio, el monarca longevo del que hablaba Herodoto, habría pagado la fortificación entera de la polis griega. La arqueología vino a poner sillares donde antes había habido solo papel.
Cuenta el pasaje atribuido a Herodoto (Libro I, CLXIII) que Argantonio vivió
120 años y reinó
80. No era un rey de fábula cualquiera: los foceos, los primeros griegos en recorrer el Adriático y llegar a Iberia, se ganaron su amistad, y cuando el poder medo amenazó Jonia el rey les dio dinero para fortificar su ciudad, con piedras «grandes y bien ensambladas». Hasta hace poco, esa frase bastaba para archivar el relato en la estantería del mito.
Los sillares que delataron a Herodoto
La excavación de 1992 en la actual Foça, dirigida por el arqueólogo turco Ömer Özyigit, sacó a la luz el tramo bajo de una muralla con contrafuerte. La memoria publicada en la
Revue des Etudes Anciennes (1994, pp. 77-109) constató que los bloques eran grandes y trabajados, exactamente la técnica que describe Herodoto. El propio investigador subraya el detalle: en el siglo V a.C., cuando vivió el historiador, ya no se construía con bloques de ese tamaño. Esa diferencia es la que convierte el relato en testimonio directo, no en eco de segunda mano. Si Herodoto hablaba de unas paredes que a él le parecían antiguas, tuvo que verlas en persona.
Por qué la puerta se quemó en el 546 a.C.
Porque la tomaron los persas. Bajo el vano de la puerta aparecieron puntas de flecha de tipología persa —similares a las halladas en Sardis— y piedras de catapulta, que en el hilo se apuntan como de las más antiguas conocidas. Los arqueólogos fechan la destrucción a mediados del siglo VI a.C., y encaja con lo que narra Herodoto: en
546 a.C., tras la caída de Sardis, el general Harpagus puso cerco a Focea. El ánfora de tipo Lesbos y el olpe griego oriental del suelo apuntalan esa fecha.
El hallazgo convierte el 546 a.C. en un
terminus ante quem para todo el material del relleno: la muralla tuvo que alzarse antes. Los fragmentos más modernos del relleno son de la primera mitad del siglo VI. Todo apunta, según la datación que se sostiene en el hilo, a una construcción de principios de esa centuria, hacia
590-580 a.C..
Se hacía cerámica griega con barro de Huelva
El segundo pilar no está en Turquía, sino en la ría onubense. Un artículo de 2018 en
Cuadernos de Prehistoria y Arqueología (nº 44, pp. 133-143) describe un grupo nuevo de cerámica arcaica griega, bautizado como
«Grupo H», fabricado en Tartessos con arcillas locales. A principios del siglo VI a.C. había en el suroeste peninsular alfareros produciendo vajilla de factura griega, no solo importándola. El dato conecta por vía material con el viaje de Coleo de Samos, el navegante que, según Herodoto, llegó a Tartessos una generación antes. Del periplo no hay prueba directa; de la cerámica, sí.
Los tipos que buena parte de los especialistas clasifican como tartésicos —la cerámica bruñida y la llamada
tipo Carambolo— dibujan además un área de distribución que coincide en buena medida con la futura provincia romana de la Bética.
La disputa académica sobre un reino incómodo
Aquí arranca la fricción. Hay quien sostiene que el suroeste peninsular estaba prácticamente despoblado en el siglo IX a.C. y que fueron los fenicios quienes activaron la zona, hasta el punto de atribuirles la fundación de Sevilla. En el extremo contrario se lee que Tartessos tuvo entidad cultural propia, con su cerámica como fósil director, del mismo modo que el
bucchero nero identifica un yacimiento etrusco. La paradoja: se reconoce la cerámica tartésica para datar yacimientos, pero se le niega a la cultura que la produjo el rango de cultura.
Un caso paralelo ayuda. Con la cultura argárica se intentó lo mismo: presentarla como resultado de un «proceso orientalizante». El ADN mostró en El Argar poblaciones casi al 100% R1b-P312 —antecesor del actual R1b-DF27—, sin rastro de marcadores orientales. En Los Millares dominan los haplogrupos I2 y G2a. Los datos genéticos no respaldan las tesis difusionistas.
Doña Blanca y nueve metros sin respuesta
El yacimiento de Doña Blanca, en Cádiz, ilustra el problema de otra forma. Un sondeo estratigráfico de 1979 alcanzó los
9 metros de profundidad, con campañas en 1981, 1982 y 1983 y unos 140 m² excavados. A partir del minuto 9:02 de algunos registros en vídeo se aprecian muros superpuestos a considerable profundidad, difíciles de casar con la idea de un asentamiento de chozas previo a la llegada fenicia. El lugar lleva dos décadas sin excavarse con método.
Ni el nivel del mar ni el antiguo
Lacus Ligustinus son ajenos al enredo: la línea de costa ha cambiado y los tsunamis documentados en el golfo de Cádiz —el de 1755 se llevó por delante Cádiz y causó 2.000 muertos— reescriben la estratigrafía cada pocos siglos.
Alberto Porlan lleva tres décadas señalando un punto concreto del mapa donde, sostiene, está la capital de Tartessos, apoyándose en la
Oda Marítima de Avieno. Si toca excavar ahí o no, es la pregunta que sigue sin respuesta.