Dos iPhone casi idénticos, 320 euros de separación
En el escaparate conviven dos generaciones del mismo teléfono de gama alta y la factura no se parece en nada. El
iPhone 18 Pro Max de 512 GB cuesta 1869 euros en MediaMarkt; el iPhone 17 Pro Max, misma capacidad, se queda en
1549. Son 320 euros de diferencia entre dos aparatos que, sobre el papel, comparten casi todo. La pregunta que se repite en cada conversación sobre consumo tecnológico: ¿qué se paga exactamente en ese salto?
¿Qué cambia de verdad entre el 17 y el 18 Pro Max?
Según las especificaciones, el salto se concentra en tres frentes: el objetivo de la cámara, el procesador y la batería. Poca cosa, a juicio de quien compara ambos modelos y concluye que «no hay cambios». Frente a esa lectura, la respuesta técnica es tajante: son justamente esos tres apartados los que definen la experiencia de uso, y las marcas llevan años construyendo su escalera de precios sobre ellos.
Ahí está el primer nudo. Hay quien sostiene que las hojas de especificaciones son letra pequeña —chorradas, dicen— y que lo único que importa es la sensación al abrir la caja. Otros replican que precisamente el procesador y la cámara son lo que envejece mal y lo que obliga a cambiar de terminal cada pocos años.
320 euros por un cambio que muchos no sabrían distinguir sin el ticket delante.
Del pago único al alquiler mensual
La novedad real no está en el hardware. Apple prepara un programa de suscripción,
Apple Upgrade, que llegará primero a Estados Unidos y abarcará también Mac y iPad, con renovación no anual. La idea: que el teléfono deje de ser una compra y pase a ser una cuota. En España, Movistar ya ensayó algo parecido el año pasado.
Hay quien ve en ese giro el motivo de fondo de que los precios no paren de subir. Si el aparato se alquila, el desembolso inicial deja de doler y el usuario queda atado a una suscripción que incluye nube, servicios y capas de inteligencia artificial facturadas aparte. Entrar en el ecosistema es fácil; salir, mucho menos.
Los nuevos tiempos, lo llaman.
El precio como insignia social
Comprar el último iPhone es, para una parte del público, una cuestión de estatus antes que de prestaciones. Y ahí aparece la otra orilla: quien defiende que un Xiaomi de
150 euros —o uno de 100— cubre exactamente lo mismo sin pasar por caja cada dos años. «Para presumir me vale», dicen medio en broma. Con más sorna todavía, otros recuerdan que han tenido cinco coches que costaron menos que el terminal más barato de la estantería.
El contraste duele más si se mira atrás. El primer iPhone costaba
400 euros y ya parecía un atraco; hoy la cifra se ha multiplicado por cuatro. Igualito que los sueldos.
Lo que aún no cuadra
La cuenta es de parvulario: entre el 17 y el 18 hay 320 euros y muy pocos cambios visibles. Quien quiera comprobarlo encontrará comparativas que desmenuzan modelo a modelo cada apartado, cámara por cámara y batería por batería. El desenlace, eso sí, sigue sin escribirse: si la suscripción sustituye a la propiedad, la pregunta ya no será cuánto cuesta el teléfono, sino cuánto costará dejar de pagarlo.