Televisores paco: el mueble de mármol que gobernaba el salón
Hubo un tiempo en que encender la televisión era un acto ceremonial. No se pulsaba un botón: se apartaba un pañito de ganchillo, se desenchufaba el aparato de la pared, se esperaba a que la imagen brotara desde el centro de la pantalla y se expandiera como una mancha de aceite. Entre la compra y la primera emisión podían pasar minutos. Y nadie se quejaba.
Ese es el territorio que define al
televisor paco: el receptor de tubo, color madera, líneas redondeadas, sin mando a distancia, con cable blanco rumbo a la antena del tejado, colocado sobre un mueble de hierro con bandeja de mármol de Macael. Un objeto que, según un mensaje del hilo, costaba
80.000 pesetas —el precio que se cita para una tele en color— y que aguantaba quince años porque había que rentabilizar la inversión. Las marcas con solera se repiten: Grundig, Telefunken, Philips, Inter, ITT, Marconi, Radiola, Emerson, Hitachi, Zenith, ELBE.
Qué significaba exactamente 'paco'
El término no es un insulto ni una marca. Es una categoría estética y generacional. Designa el electrodoméstico que presidía el comedor familiar entre los sesenta y los ochenta, con su tapete de ganchillo, su torito de Osborne, su gitanilla con traje de lunares, su muñeca de la Legión con cornetín o su figurita de la sirenita de Copenhague encima. El paquismo incluía el estabilizador de tensión de
125 voltios: sin él, en muchas zonas hasta principios de los ochenta, la imagen oscilaba sin parar. Y el transformador de 125 a 220 voltios, otro objeto de culto.
Hubo incluso pantallas de plástico que se colocaban delante del televisor en blanco y negro para simular color. El efecto era tan cutre como eficaz: el capote del torero salía verde, el toro rojo. Un lujo de pobres que hoy se vendería como filtro de Instagram.
El técnico que venía a casa y el palillo en el botón
La relación con el aparato era física. Había que levantarse para cambiar de canal, tocar la antena de caracol para mejorar la señal, darle una colleja al lateral cuando la imagen se deformaba. Y funcionaba: el golpe seco devolvía la nitidez. Los botones saltaban solos, así que se sostenían con un palillo de dientes. Cuando llegó el mando a distancia, la modernidad pareció obscena.
La avería era un acontecimiento social. Venía el técnico —a veces se le consideraba casi de la familia—, abría el aparato y cambiaba alguna pieza. Los más veteranos recuerdan al señor Demetrio, que trabajaba a base de prueba y error. Los abuelos desenchufaban la tele religiosamente al terminar, y los nietos tenían prohibido meterle mano. La primera tele de la casa tardaba hasta
veinte minutos en dar imagen si llevaba mucho tiempo apagada.
Dos canales, un Spectrum y la llegada del color
La programación era un menú cerrado: TVE1, TVE2 y, para los más técnicos, el ZX Spectrum conectado por euroconector. El primer televisor familiar solía tener un solo canal de VHF; la segunda cadena llegaba mediante un sintonizador conversor externo que, según un mensaje del hilo, costaba
23.000 pesetas en 1961. La primera tele en color de muchas casas fue un Grundig SuperColor o una Telefunken, y a partir de ahí se encadenaron el Sony Trinitron, el Spectrum y los primeros vídeos domésticos.
El salto al color cambió la liturgia. En 1984, cuando llegó una tele en color a una casa, el padre no encontraba el elevador de tensión y no se atrevía a enchufarla por miedo a romperla. El ritual se mantenía: esperar, tocar, ajustar, sentarse con las pipas y los altramuces a ver cuántos indios se cargaba John Wayne aquella tarde.
El tocacojones que decía que el Atari rompía el tubo
Había un personaje recurrente en toda familia: el pariente que aparecía cada dos años y advertía que conectar el Atari, el Spectrum o el Coleco
rompía el tubo de imagen. Los padres miraban con reprobación y el niño se quedaba sin consola. Era la primera guerra generacional tecnológica documentada.
Los riesgos reales existían, aunque no fueran los que decía el cuñado. El tubo iba en vacío y podía implosionar si se caía en un espacio cerrado. Abrir el aparato era peligroso: los condensadores de alta tensión podían descargar sobre quien metiera los dedos donde no debía. La obsolescencia programada, en cambio, no era el problema: estos aparatos duraban más que sus dueños.
La decoración que acompañaba al aparato
El televisor no iba solo. Venía con un ecosistema: mueble de salón con hueco específico, cortina amarillenta de tabaco negro, baldosas con rodapié indescriptible, cable a juego con la cortina, revistas apiladas debajo, enciclopedia comprada por fascículos, vajilla de adorno a un lateral. El hule en la mesa camilla. Las macetas. Las Pepsis al fondo. El gotelé en la yema de los dedos.
Y los anuncios. La señorita que buscaba a Jack desesperadamente, el helicóptero del Tulipán, los spots de colonia y desodorante con playas exóticas y bungalows tropicales. Todo eso entraba por el mismo tubo que hoy se estudia como arqueología doméstica.
Por qué estas televisiones siguen generando conversación
Hay quien sostiene que el término
paco es una moda repetida sin criterio, una etiqueta generacional que se aplica a cualquier objeto antiguo. En contra pesa un argumento más sólido: estos aparatos concentraban una tecnología que en su momento era la mejor disponible en España, sin alternativa. No eran cutres entonces; son pacos ahora, con la distancia.
La nostalgia no es solo estética. Es la constatación de que ver la televisión era una actividad colectiva, con horarios fijos, con dos cadenas y con la familia entera sentada delante. Hoy hay pantallas planas en cada habitación, mejor imagen y menos ceremonia. La pregunta no es si aquellos televisores eran mejores. Es si el ritual que los rodeaba era mejor que la libertad de ver cualquier cosa en cualquier momento. La respuesta, como casi siempre, depende de a quién se le pregunte.