Tener hijos: lo que desgrava y lo que cuesta cada mes
Un hijo puede salir a devolver en la declaración de la renta. Y puede comerse el sueldo entero en una guardería. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo, y ambas explican una discusión abierta en marzo de 2014:
¿tener descendientes es de locos? Las dos cifras que abren el fuego son redondas y contradictorias: hasta
600 euros de desgravación por nacimiento frente a
600 euros al mes de guardería.
El detonante del asunto no era fiscal, sino laboral. Un padre potencial planteaba que ni él ni su pareja tienen el puesto garantizado y que, con esos mimbres, traer un crío al mundo es tentar a la suerte con dinero ajeno. La respuesta que más se repite, en un sentido y en otro, es que la espera perfecta no existe: quien decide tener hijos solo cuando todo esté en orden
no los tiene nunca.
¿Se puede criar a un hijo con gasto casi cero?
Sí, si se acepta una cesta de consumo mínima. El argumento más repetido es que la ropa de niño dura
mucho más de lo que el niño tarda en crecer, así que se puede vestir con prendas heredadas hasta que deja de dar el estirón. En una casa de
puchero, donde comen dos comen tres. La educación es gratuita
hasta los 16 años y la sanidad pública cubre lo demás. Los juguetes son opcionales y su precio lo pone la
familia: 100 euros en un camión de plástico o cero.
La contrarréplica llega cargada de facturas ajenas:
guarderías a 600 euros, personal de apoyo, colegios de pago y un paquete educativo que se vende como obligatorio. En ese relato, saltarse la versión
premium equivale a ser mal padre. La cuenta completa, desglosada partida a partida, da para un análisis largo que aquí solo cabe resumir.
La cuenta fiscal: qué desgrava y qué subvenciona un hijo
Un forero detalla cuatro vías por las que tener descendencia cambia el IRPF. La primera,
600 euros de desgravación por nacimiento. La segunda,
4.000 euros de reducción en la base imponible. La tercera,
1.200 euros anuales de subvención a madres trabajadoras hasta que el niño cumple 3 años. La cuarta, un aumento del
30% del mínimo inembargable, pensado para cuando las cosas vienen mal dadas. En paralelo, se sostiene que quien no tiene hijos
paga más IRPF: no hay deducción que compense la ausencia de descendencia.
El cálculo más optimista sostiene que, para un lonchafinista disciplinado, un churumbel es casi un negocio.
¿Se jubilan antes las mujeres con hijos?
Esa es la propuesta que aparece en el tramo más técnico del asunto. Un forero parte de que las mujeres viven de media
seis años más que los hombres, cobran pensión durante más tiempo y por eso, argumenta, deberían retrasar su retirada. El esquema que se pone sobre la mesa fija
67 años para los hombres y 69 para las mujeres, con rebajas por maternidad:
68 con un hijo y 67 con dos. Cualquiera que haya criado entiende rápido por qué el asunto saca chispas.
La otra cara de la moneda es más incómoda: quien piensa en los hijos como
plan alternativo de pensión no está planificando una familia, sino una nómina. Y las nóminas, a diferencia de los hijos, se pueden embargar.
El argumento que corta el asunto en seco
Hay quien resume su postura diciendo que no piensa traer esclavos al mundo. Es la corriente que rechaza la paternidad de raíz, sin entrar en cuentas: si el planeta va a peor y el sistema se queda con la educación de los niños, traerlos es regalar carne de cañón al engranaje. La réplica clásica llega en forma de pregunta incómoda sobre quién cuidará de ellos en la vejez, y suele recibir una contestación aún más incómoda: un hijo se tiene para quererlo, no para explotarlo, y quien lo concibe como seguro de vida probablemente acabe sin seguro y sin hijo.
En medio de ese choque se cuelan dos reproches generacionales. Uno, que sobra espíritu de sacrificio: nuestros padres y abuelos lo tuvieron peor y salieron adelante. Dos, el opuesto: que hay quien no quiere perder viajes ni fiestas, y que las generaciones actuales son
egoístas y malcriadas.
Sueldos, Estado y educación: el cuello de botella real
El problema de fondo no es el amor, es la nómina. Con sueldos que obligan a trabajar a los dos miembros de la pareja, la crianza se convierte en un rompecabezas logístico antes que económico, y a eso se suma la desconfianza hacia un sistema educativo que, según esta corriente, no deja al padre educar a su propio hijo. Se apunta además a un deterioro largo:
cuatro presidentes desde los años ochenta y una capacidad de compra de un sueldo normal que, se sostiene, es la mitad que hace treinta años.
El retrato demográfico que describe una parte del asunto es el de un contraste visible en la calle: familias migrantes con dos o tres niños correteando alrededor de un carrito frente a parejas españolas por debajo de la treintena que, en muchos casos, no tienen ninguno. La observación se lanza como diagnóstico, no como reproche, aunque el reproche flota.
La pregunta que nadie cierra
Quedan los que sostienen que criar luchadores, pensadores o líderes es la única forma seria de responder al sistema, y los que replican que eso es endosar a la siguiente generación problemas que esta no ha querido resolver. Con la calculadora en una mano y el euríbor en la otra, ¿alguien se atreve a decir cuántos hijos caben en un sueldo que mañana puede no existir?