La neutralidad del dinero a largo plazo: un mito que la expansión monetaria desmiente
La idea de que duplicar la cantidad de dinero solo duplica los precios sin tocar la economía real es, para buena parte de los participantes en el debate, una
tomadura de pelo sideral. El concepto, asociado a Hume y Friedman, sostiene que a largo plazo el dinero es neutral: los precios nominales se ajustan, los salarios se adaptan y la producción, el empleo y el crecimiento real no cambian. Bajo ese prisma, la
política monetaria sería inocua para la actividad económica. La expansión monetaria de las últimas décadas, sin embargo, ha venido acompañada de burbujas de activos, rescates y un aumento sostenido de la desigualdad patrimonial. La pregunta no es baladí: si el dinero fuera neutral, ¿por qué los bancos centrales se afanan en emitir y en rescatar?
El efecto Cantillon: quien recibe primero el dinero, gana
La refutación más citada es el efecto Cantillon, que según un participante ya observaron los clásicos de la escuela de Salamanca. El nuevo dinero no llega a todos por igual ni al mismo tiempo. Entra primero en manos de instituciones financieras, grandes empresas y agentes bien conectados, que compran activos y bienes a precios antiguos. Cuando el dinero se filtra hacia los asalariados y los pequeños ahorradores, los precios ya han subido. El resultado es una transferencia de riqueza desde los últimos receptores hacia los primeros. No es un fallo del sistema: es el sistema.
La existencia misma de la expansión monetaria refuta la neutralidad, según este planteamiento. Si el dinero fuera neutral, nadie tendría incentivo para emitirlo, porque nadie se beneficiaría de las asimetrías que genera. Quien controla la emisión obtiene una ventaja estructural. Por eso hay quien sostiene que la política monetaria no es una herramienta técnica, sino un mecanismo de redistribución encubierta.
Burbujas de activos y la patata caliente del dinero fiat
La expansión del crédito no se traduce en un aumento proporcional de los precios de consumo, sino en burbujas de activos financieros e inmobiliarios, según este análisis. Quien tiene dinero fiduciario busca deshacerse de él comprando cosas que sabe que los demás demandarán. Es la patata caliente: el efectivo pierde valor, los activos reales lo retienen. Ese comportamiento, racional a nivel individual, es desestabilizador a nivel agregado. Los precios expresados en moneda de banco central solo pueden subir, nunca tender al equilibrio.
La globalización ha enmascarado parte de ese efecto, según se apunta en el debate. Producir donde la energía es más barata, subvencionar sectores o trasladar la inflación a los salarios vía devaluación interna son mecanismos que retrasan la factura. Pero no la eliminan. Cuando el ajuste llega, lo hace de golpe.
La desmonetización de la plata: un golpe de estado financiero
La historia ofrece un caso paradigmático: la desmonetización de la plata en el siglo XIX. Lejos de ser un proceso natural, algunos análisis la describen como un golpe de estado financiero orquestado por una minoría organizada que exigió exclusivamente oro como reparación de guerra tras el conflicto franco-prusiano. Ese movimiento, apenas mencionado en los libros de historia, provocó una de las mayores transferencias de riqueza hacia esa minoría y permitió monopolizar el crédito otorgando préstamos sin respaldo real en oro. La neutralidad del dinero, en ese episodio, brilla por su ausencia.
El dinero como arma de guerra y la teoría del valor energético
Hay quien va más allá y sostiene que el dinero es un arma de guerra, poca neutralidad cabe en eso. Desde la teoría del valor energético, el valor del dinero estaría relacionado con la disponibilidad y el coste de la energía. Si la energía se encarece, el dinero pierde poder de compra real. La relación entre trigo y oro, o entre hora de trabajo y oro, no se mantiene estable a largo plazo. La neutralidad sería, en el mejor de los casos, una aproximación de manual.
La política fiscal añade otra capa, según se señala en el debate. El IVA, el IRPF, el IBI, las plusvalías municipales, las cuotas de autónomos y las licencias de todo tipo generan desequilibrios que nada tienen que ver con la cantidad de dinero. La neutralidad monetaria, en un entorno regulatorio complejo, es una ficción analítica.
¿Por qué se sigue defendiendo la neutralidad del dinero?
La persistencia del concepto tiene una explicación práctica, según algunos participantes: permite justificar la intervención de los bancos centrales como algo técnico y neutral. Si el dinero fuera neutral a largo plazo, las decisiones de política monetaria no tendrían efectos redistributivos. Pero la evidencia empírica muestra lo contrario, según este análisis. Los salarios suben lo que marcan los tipos de intervención del banco central y poco más. Eso es lo que marca la economía real a pie de calle desde 1973, sostiene un participante.
El hiperendeudamiento actual añade una capa más. Los bancos centrales no quieren subir salarios porque entonces los ciudadanos se librarían del peso de la deuda, según esta interpretación. La neutralidad del dinero, en ese contexto, no es una hipótesis científica: es una coartada.
El largo plazo: un horizonte indeterminado
El argumento de la neutralidad se refugia en el largo plazo. Pero nadie es capaz de definir cuándo llega ese largo plazo ni cuál es el supuesto equilibrio que se alcanzaría, según se apunta en el debate. Es un horizonte indeterminado que sirve para no rendir cuentas en el corto. Mientras tanto, la expansión monetaria sigue generando ganadores y perdedores. La neutralidad del dinero, a la fecha de esta discusión, sigue siendo una hipótesis sin confirmar. Y con cada burbuja que estalla, la brecha entre el relato y los datos se agranda.