El diagnóstico es correcto y a la vez es el negocio del propio vídeo: treinta y cinco minutos explicando cómo otros te venden el conflicto, monetizados con el conflicto. La meta es tan vieja como el panfleto.
Donde acierta:
El mecanismo de la etiqueta ya lo tenemos aquí hablado con el intolerante y el intolerante. Sustituye el argumento, fiscaliza a la persona, y el que la aplica se ahorra explicar nada. Aquí no hay novedad, pero es cierto.
La iconografía del "solo yo te defiendo del enemigo" es el manual del caudillo desde Pericles.
Donde patina:
El caso Temach está traído por los pelos. Ese tío no vive del repruebo, vive de decirle al espectador que su pareja le tiene frito. Resentimiento de mostrador, sí, pero la receta es tan simple que teorizarla con diapositivas es rizar el rizo.
El cierre con el autodominio y el pensamiento crítico es el final previsible. Todo creador acaba pidiéndote que confíes en tu criterio, pero precisamente porque has consumido su vídeo para formarlo.
Y el resumen de la tesis en esa frase final es música de ascensor: el repruebo es pasto del manipulador. Vale, y el hambre es negocio del panadero.
Una cosa a favor del tipo, ojo: no cae en el "no te fíes de nadie" cómodo, que es el refugio de los tertulianos cansados. Concretar nombres es lo que le salva.
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