Una cara que pasa por holandesa, belga, alemana o española
Una mujer francesa, un retrato y una pregunta de sobremesa: ¿tiene cara de francesa? Para una parte de la conversación, sí, y del modo más rotundo. Para otra, el mismo rostro encaja igual de bien en Ámsterdam, en Bruselas o en Nápoles. Nadie ha aportado un método. Lo que queda es un ejercicio involuntario de antropología de barra: el
fenotipo nacional se desmonta solo con cambiar de adjetivo.
¿Existe una cara francesa?
La primera tesis es geográfica y suena bien: la francesa típica sería «la mezcla perfecta entre la belleza germana y el carácter hispano». Francia como bisagra, ni norte ni sur. El problema llega con la prueba de esfuerzo. La misma fotografía «pasa por holandesa, belga o alemana» y, sin moverse un milímetro, también por «española, italiana e incluso griega». Seis pasaportes para una sola cara. Si todo encaja, nada distingue.
Para fijar el canon se recurre a una actriz,
Melanie Laurent, señalada como la cara más francesa que se puede imaginar. Es el truco de siempre: en lugar de definir el patrón, se elige un ejemplo y se le llama patrón. Funciona en cualquier país y no demuestra nada.
El millón de judíos y la tentación de la genealogía
En algún punto aparece la hipótesis de la mezcla: se atribuye el aspecto a una posible ascendencia que nadie documenta y se apuntala con una cifra demográfica que se da por buena en la conversación,
alrededor de un millón de judíos en Francia. La cifra se presenta como dato. La deducción es un salto. Que un país tenga una comunidad numerosa no dice absolutamente nada del árbol genealógico de una persona concreta, y menos de su cara. Es el mismo razonamiento que adivinar el barrio por el acento.
Conviene subrayarlo porque es el tramo donde la especulación se disfraza de estadística. Sin partida de nacimiento ni declaración alguna, la ascendencia es una
hipótesis de sofá. Y las hipótesis de sofá no se citan.
De la cara al plato: 'Las recetas de Julie'
La conversación acaba donde acaban casi todas: en la comida. Se cruza un programa de cocina francesa emitido en
La 2, con su conductora recorriendo el medio rural en un descapotable clásico y cocinando recetas tradicionales de pueblo en pueblo. «Rezuma franchuterismo por los cuatro costados», se sentencia. Y alguien confiesa haberlo visto entero antes de que se emitiera en España: el coche viejo, los campos, el guiso.
Ahí el asunto cambia de tercio y gana interés. El hecho francés deja de ser una mandíbula y pasa a ser un formato: patrimonio rural, cocina de siempre y una presentadora que conduce. Proyección exterior de manual, y más barata que cualquier campaña.
Con la cifra del millón sobre la mesa, el retrato sigue sin resolverse. Un país que presume de la mejor cocina del mundo no ha conseguido ponerse de acuerdo en si tiene cara.