Rusia dedica a defensa el 23% de su presupuesto frente al 1,91% de España
¿Quién aguanta más? La pregunta vuelve cada vez que se llena el depósito y cada vez que llega la factura de la luz. Pero hay un lado de la balanza que casi nunca se traduce a cifras: mantener una guerra activa cuesta dinero todos los días, también a quien la lanza. El despliegue ruso en Ucrania se ha estimado en al menos 150.000 hombres —hasta 200.000— a los que hay que dar de comer, alojar, municionar, pagar la soldada y atender cuando caen heridos. Los muertos dejan de comer. Los heridos, no.
5.000 millones de dólares al mes sosteniendo el frente
Según las cifras del propio Ministerio de Hacienda de Rusia, el gasto militar ruso se ha más que doblado desde que empezó la invasión. La estimación que se maneja ronda los
5.000 millones de dólares mensuales, siempre al margen del gasto ordinario de defensa. En situación normal, el Estado ruso destinaba el
11,43% de su presupuesto a defensa. Ahora el cálculo supera el 23%: casi la cuarta parte de su presupuesto estatal.
Detrás de cada punto porcentual hay una cadena de suministro completa. Los blindados consumen combustible, lubricantes y repuestos; la aviación exige revisión después de cada misión; la artillería dispara munición a un ritmo que ningún almacén sostiene indefinidamente. Cada día que el frente sigue abierto, la factura se renueva entera. La cuenta desglosada partida a partida, con personal, material y sanidad, es lo que convierte este asunto en algo más que una opinión de barra de bar.
Una economía 30 veces más pequeña que la de la OTAN
El contraste de tamaño es la pieza central del argumento. La economía rusa se sitúa en torno a
30 veces por debajo del conjunto de la OTAN, y España dedica el
1,91% de su presupuesto a Defensa frente al más del 23% ruso. De ahí la conclusión que se repite con retintín: si alguien tiene que quebrar por esta guerra, la lógica apunta antes a Moscú que a Bruselas. Añádanse las sanciones y los embargos, que no abaratan precisamente la factura.
El razonamiento tiene su réplica, y no es menor: Rusia también es Europa, y su población ya está pagando la fiesta. Pero el desequilibrio presupuestario, con una cuarta parte del gasto estatal en defensa, es difícil de discutir cuando se compara con el esfuerzo militar europeo.
¿Por qué la gasolina está a 2,2 euros y qué tiene que ver con la guerra?
Aquí se rompe cualquier consenso. Hay testimonios de conductores que llenaban el depósito de diésel a
dos euros antes del conflicto y sostienen que la guerra apenas cambió el panorama, porque la escalada de precios ya venía de antes. Otros hablan directamente de duplicar el gasto en combustible.
Se argumenta, en sentido contrario, que buena parte del encarecimiento responde a una inflación previa y que achacar todo a Moscú es tragarse un relato cómodo. Una parte del análisis apunta a la especulación: el aceite de girasol tenía existencias de sobra de la cosecha anterior y aun así subió de precio. La reacción de los mercados, dicen, se anticipó a un desabastecimiento que los números no confirmaban. Lo que nadie discute es que la cesta de la compra se ha encarecido y que eso, en Europa, se paga en nómina.
840 millones al día de gasto frente a 930 de ingresos energéticos
Un cálculo muy repetido sitúa el coste diario de la guerra para Rusia en
840 millones de dólares, mientras que sus ventas de petróleo, gas y carbón le reportarían unos
930 millones al día. Ese diferencial, que en teoría deja al agresor en positivo, explica por qué se sostiene que las sanciones, al menos a corto plazo, no están funcionando.
Con datos de
Bloomberg se ha apuntado que Rusia ingresaría
321.000 millones en el año solo por venta de energía, camino de un superávit comercial de 240.000 millones. Si eso se confirma, el estrangulamiento económico no llega por donde se esperaba. Los camiones se compran, la logística se repone y por ahí no se desarma un ejército. La guerra de desgaste se juega, pues, en otra parte: en cuánto tiempo resiste cada economía y a qué precio.
El pulso largo: material perdido y demografía
El escenario de fondo no es un desenlace rápido, sino una guerra prolongada. Quien observa el frente señala que Rusia está perdiendo material que no repondrá en lustros y que arrastra un invierno demográfico que le va a costar más que cualquier sanción. Los partidarios del derrumbe ruso añaden dos argumentos: el petróleo y el gas valdrán cada vez menos y el consumo energético ya cae solo, con Alemania pasando de 2,8 millones de barriles diarios en 2010 a 1,8 en 2021.
Los menos optimistas recuerdan que los recursos rusos en hombres y armamento siguen siendo enormes frente al daño que Ucrania puede infligir, y que la única vía realista es aguantar más que el otro. Nadie ha cerrado la ecuación.
Con estos números, la conclusión de que Europa quiebra antes que Rusia exige una fe notable. O una calculadora averiada.