Tófet: los reyes de Judá que «hicieron pasar a sus hijos por el fuego»
Una lectura reciente de la Historia literaria del Antiguo Testamento, de Konrad Schmid, reabre una pregunta que muchos manuales despachan en dos líneas: ¿se sacrificaban niños, vivos, en el antiguo Israel y Judá? Los textos bíblicos no lo esconden: lo cuentan como abominación de las naciones vecinas. Y sitúan la escena, una y otra vez, en el valle de Ben-Hinón, al sur de Jerusalén, donde la tradición coloca un lugar llamado Tófet.
Qué dicen literalmente los textos bíblicos
Reyes 16:3 atribuye al rey Acaz haber «hecho pasar por el fuego a su hijo». Crónicas 28:3 es más explícito: «Quemó incienso en el valle de Ben-Hinón y quemó a sus hijos en el fuego». Reyes 21:6 y Crónicas 33:6 repiten la escena con Manasés, también en Ben-Hinón. El patrón aparece duplicado en Reyes y Crónicas, fuentes que la crítica suele leer antes como relato teológico que como crónica histórica.
El Tófet de Cartago y la versión incómoda
Diodoro Sículo describe sacrificios de niños en Cartago en dos contextos: el asedio de la ciudad por Agatocles de Siracusa (aprox. 310 a.C.) y la campaña de Himilcón en Sicilia (aprox. 406 a.C.). Son textos de finales del siglo I a.C., escritos siglos después de los hechos y dentro de la tradición griega hostil a Cartago. El Tófet cartaginés —con miles de enterramientos infantiles e inscripciones votivas— se interpretó durante décadas como prueba de una alta mortalidad infantil. Hay quien sostiene que ese encuadre sigue rebajando un rito de sacrificio.
El origen cananeo de los israelitas
Arqueología y genética coinciden, desde los años 80-90, en que los antiguos israelitas surgieron de poblaciones cananeas locales entre el 1200 y el 1000 a.C., no de una conquista externa de Canaán. Finkelstein, Dever y Mazar están en ese consenso. Como contrapeso se esgrime Tel Hazor, el mayor yacimiento del Bronce de la zona, excavado durante 60 años por el ministerio de Antigüedades de Israel, con niveles de destrucción por incendio descritos como «violent destruction by burning». La réplica: que una ciudad ardiera no demuestra quién la quemó ni por qué.
El análisis se atasca justo ahí. Dos fuegos —el de Ben-Hinón y el de Hazor— y una misma certeza incómoda: la ceniza no firma confesiones.