Ni oficina ni andamio: el desgaste laboral que no sale en la nómina
Cambiar el despacho por el andamio no arregla nada. Lo dice quien lo ha probado y no vuelve. Es una conclusión incómoda viniendo de quien ha probado las dos cosas, pero es la que más se repite entre quienes han hecho ambas. Un titulado en ADE con cinco años de experiencia lo planteó sin anestesia: un mínimo de
ocho horas diarias bajo luz artificial, un
70% de tareas repetitivas y la certeza de que su cabeza se apaga. Su tesis, que los hombres están hechos para trabajos físicos o de más trato humano. La respuesta más dura no llegó desde otra oficina, sino desde el andamio.
¿Por qué muchos hombres dicen que la oficina les apaga?
El malestar arranca con una mezcla de aburrimiento y sedentarismo. Se describen jornadas encerrado bajo fluorescentes, reuniones que no llevan a ninguna parte y correos que se contestan por obligación. Pero lo que más pesa no es el cansancio, es la falta de estímulo: una mitad del año con la agenda al rojo y la otra mitad sin nada que hacer. Ese vaivén, sostienen varios relatos, cansa más que el exceso de faena.
Hay quien apunta al detalle más incómodo: la tensión de fingir que se trabaja durante las horas muertas. Aparentar productividad deja un rastro psicológico que no aparece en ninguna nómina. Otros describen síntomas físicos, dolor de cintura, la sensación de que el tiempo no avanza y el culo se aplasta contra la silla. El aburrimiento, aquí, no es un lujo. Es el problema.
La jornada partida agrava el cuadro. Levantarse a las siete y llegar a casa a las siete de la tarde, con el viaje y el tupper por medio, deja un día entero sin margen para nada más. El calientasillismo, dicen, sigue mandando en muchas empresas españolas, y el teletrabajo llega como parche, no como cura.
La factura de salud que llega con los oficios
La imagen romántica del trabajo manual choca con los testimonios de quienes lo vivieron. Uno que empezó en la obra con 16 años recuerda el frío y el calor extremos, y describe su llegada a la oficina como un alivio:
no sabéis lo que tenéis, resume. Otro, con tornillos en la columna, admite que ya no volvería por edad y por salud, aunque eche de menos el ambiente.
El aviso se repite. Un participante dice conocer casos de treintañeros que han tenido que abandonar la construcción con el cuerpo peor que compañeros que se jubilan sentados: ciáticas y discos destrozados antes de los cuarenta. Oficios como la carpintería o la fontanería implican suciedad, presión de clientes y pagas ajustadas. La foto de quien ayuda en una reforma o poda su jardín en vacaciones no se sostiene cuando el mismo esfuerzo se repite todos los días por encargo de otro. Y esa diferencia, según los veteranos, lo cambia todo.
¿Es la presión el problema real?
Buena parte del desencuentro se resuelve con una idea: da igual la silla, el desgaste viene del ritmo. Trabajar sin presión en algo propio es gratificante; hacerlo con un cliente encima y un jefe cronometrando es otra cosa. Quien tiene temporadas de mucha carga y temporadas muertas no elige entre estrés y calma, sino entre dos formas de cansarse.
También asoma la crítica al ambiente, y aquí conviene separar el grano de la paja. Una parte del debate deriva en reproches hacia las compañeras de oficina, con generalizaciones sobre chismorreo y conflictos que no se sostienen con datos y que el propio intercambio deja en el aire. Otras voces apuntan en dirección distinta: el problema no es el sexo de nadie, sino el trabajo en equipo mal entendido, y prefieren tareas individuales en cualquier entorno.
Salir de la oficina: FP, autoempleo y teletrabajo
Las salidas que se manejan son concretas. Una persona con años de oficina a la espalda se sacó una FP de diseño de aplicaciones y hoy lleva la contabilidad a varias empresas conocidas. Su decisión fue tajante: no volver a un despacho ocho horas al día
a morirse cada día un poco por dentro. El consejo que repite es buscar algo que guste, que se haga bien y que tenga demanda de empleo.
El obstáculo es el tiempo. Con jornadas que llegan a diez horas, estudiar otra cosa parece misión imposible, y varios admiten que les faltan ideas y empuje para emprender. En el horizonte queda la inteligencia artificial, que según los propios relatos debería comerse buena parte del trabajo repetitivo. La mezcla que se propone como refugio es un empleo estable de bajo esfuerzo que cubra gastos y una actividad por cuenta propia que apasione.
El funcionariado como refugio y la vía doméstica
Para algunos, la salida es la plaza pública. Quien entró pasados los cuarenta, con la testosterona bajando y las obligaciones subiendo, describe el sueldo fijo como una garantía que compensa la monotonía. No idealiza el puesto: lo califica de destructor de masculinidad y admite que aguanta por el frío que hace fuera. La estabilidad pesa más que el entusiasmo.
Y una minoría lanza una respuesta inesperada al problema: tener hijos. Exigen esfuerzo físico y mental, devuelven la sensación del deber cumplido y, sostienen, compensan con creces. Es, de momento, la única receta que varias voces del intercambio consideran que aún no les han quitado.
El pronóstico que se repite es que el malestar no se arregla cambiando de silla. Hay quien da por hecho que la IA acabará con tareas repetitivas y quien avisa de que el cuerpo seguirá pasando factura en los oficios; el teletrabajo, mientras, redistribuye el tiempo sin llenarlo. Si algo muestra este recorrido es que nadie ha encontrado todavía el puesto que no desgaste por un lado u otro. Quizá porque no existe, y aceptarlo también es un dato.