Turquía-Israel: el pulso que pone la OTAN en el alero
La Alianza Atlántica no se rompe por un discurso; se rompe cuando un aliado ataca a otro. El choque entre Turquía e Israel, con ataques a bases turcas en Siria y una lluvia de misiles iraní sobre territorio israelí, ha reabierto el escenario que muchos daban por enterrado: la disolución de la OTAN. Y en el centro del terremoto está la pregunta incómoda: ¿qué hace Washington cuando dos de sus socios se matan entre sí?
El factor Trump: bravuconada o hoja de ruta
El escepticismo manda. La idea de que el presidente de Estados Unidos abandone la Alianza suena a órdago negociador, a postureo para arrancar concesiones a los socios europeos. Pero otro sector recuerda que la Casa Blanca ya ha demostrado que los compromisos multilaterales son papel mojado cuando chocan con sus intereses. «U.S.A. es la OTAN y la OTAN es U.S.A.»: esta ecuación, repetida en el análisis geopolítico, tiene una lectura económica directa. Sin el paraguas nuclear y logístico de Washington, Europa se enfrentaría a una factura militar que nadie ha querido presupuestar.
El escenario de los tres bloques: ficción o plan B
Entre las especulaciones más llamativas del momento aparece la reordenación en tres grandes bloques: Eurasia, América y África. Suena a ciencia ficción, pero ya hay quien lo baraja como desenlace natural de un mundo post-OTAN. Las armas nucleares que llevan acumulando polvo desde la Guerra Fría recuperan protagonismo en estas hipótesis. La única certeza es el coste: una fragmentación de esa escala reescribiría las cadenas de suministro, el precio de la energía y el gasto en defensa de medio mundo.
Queda por ver si el órdago turco-israelí es el principio del fin o la enésima tormenta pasajera. Pero la pregunta ya está sobre la mesa: si la Alianza se rompe, ¿quién paga la factura?