Mali se desangra mientras Bamako pierde el norte
Mali vuelve a estar al borde del abismo. La junta militar que gobierna en Bamako afronta el avance de los grupos yihadistas del Sahel, que tras años de conflicto larvado en el norte del país parecen dispuestos a marchar sobre la capital. La discusión sobre el terreno, lejos del ruido mediático, apunta a un dato incómodo: si Bamako cae, arrastra consigo a Mauritania, Burkina Faso y Níger. El país, que ya vivió una intervención militar francesa en 2013, vuelve a ser el tablero donde se cruzan intereses geopolíticos, propaganda y una realidad que no entiende de banderas.
Qué está pasando en Mali y por qué importa más allá de sus fronteras
El diagnóstico más repetido es que Mali no es un Estado en el sentido convencional del término. Hay quien sostiene que se trata de un territorio tribal donde las comunidades del norte y del sur llevan enfrentadas desde antes de que existieran las fronteras coloniales. El Azawad, la región septentrional de mayoría tuareg, concentra apenas un 10% de la población en dos tercios de la superficie del país. Esa asimetría demográfica explica por qué el movimiento independentista tuareg nunca ha podido imponerse por sí solo y ha terminado aliándose, en más de una ocasión, con grupos yihadistas como los que hoy operan bajo las siglas del JNIM.
La intervención francesa de 2013 detuvo el conflicto en seco. No lo resolvió. Desde entonces, los grupos islamistas se han ido consolidando en el norte y en las zonas fronterizas, aprovechando la debilidad institucional y la falta de control efectivo del territorio. La pregunta que flota en el ambiente es si la junta de Bamako tiene capacidad real para frenar una ofensiva hacia la capital o si, por el contrario, se limita a gestionar la cuenta atrás.
¿Quién defiende Bamako si Wagner ya no está?
La presencia del grupo ruso Wagner en Mali se ha vendido como la garantía de seguridad que Francia nunca supo dar. Sin embargo, según un participante, los mercenarios rusos ya no operan en el país. Ese vacío dejaría a la junta sin su principal baza disuasoria frente al avance yihadista y reforzaría la tesis de quienes sostienen que la alianza con Moscú fue más una operación de propaganda que una solución militar.
La comparación con otros escenarios africanos es inevitable. En Chad, las fuerzas de Gadafi fueron derrotadas por columnas de pickups Toyota y el apoyo de paracaidistas y legionarios franceses. El ejército libio, mal entrenado y con apenas un par de unidades operativas, se desintegró en el desierto. La lección es incómoda: en el Sahel, la superioridad tecnológica no siempre compensa la falta de control territorial.
El negocio de la ayuda humanitaria y las ONG que hacen caja
En paralelo al conflicto militar, la discusión deriva hacia el dinero. Hay quien apunta que detrás de algunas organizaciones que gestionan ayuda humanitaria para Mali hay intereses económicos poco transparentes. La crítica se centra en la opacidad de las cuentas: se recauda con la bandera de la solidaridad, pero los gastos se camuflan en el neto y la trazabilidad se pierde por el camino. Es un patrón conocido en el tercer sector español, donde las donaciones se mezclan con subvenciones públicas y patrocinios de entidades financieras.
El resultado es una paradoja: el país se deshace mientras el negocio de la compasión se consolida. No es un problema exclusivo de Mali, pero allí se hace más visible porque la urgencia humanitaria es real y la fiscalización, prácticamente nula.
El relato del neocolonialismo y la propaganda de la intervención
La discusión sobre Mali no se entiende sin el marco del neocolonialismo. Una parte del análisis sostiene que Francia y la OTAN llevan décadas interviniendo en el Sahel con el pretexto de la seguridad, pero sin resolver los problemas estructurales que alimentan el conflicto. La acusación es que esas intervenciones han servido para mantener gobiernos débiles y dependientes, no para construir Estados soberanos.
En el otro extremo, hay quien defiende que sin la presencia occidental la región cae irremediablemente en el caos. La comparación con Sudáfrica se usa como argumento: desde que se desmanteló el control de la minoría blanca, el país no ha levantado cabeza. Es una lectura discutible, pero refleja una corriente de opinión que gana peso en los foros de análisis geopolítico.
Qué pasa si cae Bamako
El escenario más pesimista es también el más repetido: si la capital cae, el efecto dominó alcanza a Mauritania, Burkina Faso y Níger. No se trata solo de un problema de seguridad regional. Se trata de un cambio de equilibrio en todo el Sahel, con consecuencias directas para las rutas migratorias y para la estabilidad de los gobiernos vecinos, algunos de ellos ya tutelados por juntas militares.
La propaganda francesa insiste en que Bamako no caerá. La propaganda rusa insiste en que Wagner es invencible. La propaganda yihadista insiste en que el avance es imparable. En medio de tanto relato, el único dato verificable es que el conflicto sigue abierto y que nadie controla del todo el territorio. ¿Cuánto tiempo puede sostenerse esa ficción?