La ley de las marginal gains llega al esperpento: dos segundos a golpe de implante
¿Cuánto vale un segundo en el Tour? Lo suficiente para que la discusión pública se pregunte si un ciclista debería presentarse a la crono con un buen par de peras. De entrada suena a cachondeo, pero es el espejo deforme de una filosofía muy real: la de las mejoras marginales que llevaron al ciclismo británico a dominar la última década.
El concepto es conocido. No buscas el 10% milagroso, sino arañar un 1% en cien sitios distintos. El problema es dónde se pone el límite. La última ocurrencia, nacida al calor de una crono, plantea que un cuerpo rediseñado podría regalar dos segundos. La propuesta ni siquiera es original: en el atletismo ya se discute si las cámaras deben enfocar ciertas partes de las atletas. La conversación pública oscila entre el puritanismo y el esperpento.
Hay, eso sí, un dato que enfría el entusiasmo. El tejido mamario es, en más de la mitad, grasa. Y una ciclista de élite no tiene grasa que rascar. El cuerpo del deportista está llevado al límite de la antropometría, de modo que modificar sus proporciones no es una mejora, es una mutación. Pero la lógica de la optimización no entiende de frenos: si un implante de 200 gramos ahorra tres vatios, alguien lo probará.
Mientras tanto, la cuestión de fondo queda en el aire: ¿hasta dónde debe llegar la ingeniería del cuerpo humano para ganar una carrera? Quienes defienden el cuerpo natural claman contra esa deriva; los más pragmáticos contestan que el reglamento solo prohíbe lo que se puede medir. Al final, la única conclusión seria es que la carrera por los segundos se ha convertido en una carrera por el ridículo. A este paso, el próximo gran avance del ciclismo no saldrá de un túnel de viento, sino de un quirófano.