Estuve en mil países: el arte de trollear al viajero vocacional
La temporada alta de selfies frente a atardeceres ajenos ha resucitado un juego que no requiere más armamento que dos dedos de frente y una lista de nombres. La técnica es simple: se sueltan cuatro destinos conocidos —Santorini, Tasmania, Bahamas—, se remata con Ceilán o Santa Helena y, quien domina la especialidad, cuela un lugar que no existe. Wakanda, Mordor, Dagobah. Y el interlocutor asiente.
La estrategia del lugar imposible
La gracia no está en el engaño, sino en evidenciar que el esnobismo viajero rara vez se acompaña de un mapa mental decente. Hay quien incluso invierte la dirección: en lugar de paraísos exóticos, pueblos de la Alpujarra como Portugos, Niguelas y Atalbeitar, o una defensa cerrada de Parla contra Viena. El ridículo es igual de eficaz.
El fondo: el viajecito como analgésico social
Detrás de la chacota se esconde una tesis incómoda: la fiebre por viajar funciona como válvula de escape que aplaza reclamaciones materiales de calado. Gente que no tiene vivienda digna encuentra consuelo en quince días de fuga pagados a plazos. El sistema, dice esa lectura, aguanta porque hay demasiada gente entretenida con reservas de vuelos.
Conviene matizar: hay quien vive la vida como experiencia interna y quien necesita estímulos externos para sentirse vivo. No es una enfermedad, es una diferencia. Lo discutible empieza cuando el viaje se convierte en baremo de valor personal.
La próxima vez que alguien te diga que Santorini le cambió la vida, no discutas. Tú también tuviste un viaje revelador: Mordor. Si no lo pilla, el troleo funcionó. Si lo pilla, habrás ganado algo mejor que un selfie.