Trump blinda el glifosato y cierra la puerta a las demandas
¿Se puede blindar legalmente un herbicida para que nadie pueda reclamar si enferma? Eso es, en esencia, lo que plantea la orden ejecutiva que declara el glifosato «recurso crítico» para la seguridad nacional de Estados Unidos. La medida, difundida a través de mensajes que circulan por redes, sostiene que el herbicida es «piedra angular de la productividad agrícola» y lo protege frente a futuras demandas. El texto original no está exento de contradicción: el propio Trump habría reconocido que los pesticidas son «tóxicos por diseño» y que la producción no puede abandonarlos de golpe.
El glifosato es el herbicida más usado del mundo y su patente expiró en el año 2000. Desde entonces, cualquiera puede fabricarlo sin pagar royalties. Ese detalle, que parece menor, explica buena parte del ruido: sin patente no hay gran negocio para el fabricante original, y la presión regulatoria se convierte en una vía para recuperar cuota de mercado con productos alternativos.
Qué significa blindar la industria frente a demandas
La orden ejecutiva, según los mensajes que la reproducen, convierte el glifosato en un recurso protegido a nivel federal. En la práctica, eso dificulta que un agricultor o un consumidor pueda demandar al fabricante por daños a la salud derivados de su uso. La responsabilidad se desplaza hacia quien lo aplica, no hacia quien lo vende. Es el mismo esquema que se aplicó con las vacunas: un paraguas legal para el productor.
Hay quien sostiene que la medida responde a una lógica económica: sin glifosato, los costes agrícolas se disparan. El cálculo más optimista habla de caídas de rendimiento del 25% al 50% en cereales si se eliminan los herbicidas químicos. El escenario más pesimista, aplicado a horticultura intensiva, eleva esa horquilla hasta el 70%. Son cifras que manejan los propios defensores del modelo actual.
El glifosato no es hijo del petróleo, pero casi
Una de las preguntas más repetidas es de dónde sale realmente el glifosato. No es un derivado directo del petróleo, pero su producción depende del gas natural. Se sintetiza a partir de glicina y compuestos fosfonados, y el amoníaco necesario para los fertilizantes nitrogenados se obtiene mediante el proceso Haber-Bosch, que consume gas a espuertas. Sin hidrocarburos baratos, el modelo agrícola intensivo se tambalea.
Ahí entra la geopolítica. La Unión Europea lleva años coqueteando con la prohibición del glifosato, pero no solo por motivos ecologistas. Sin gas ruso barato, la ecuación de costes europea se desmorona. Prohibir el herbicida es también una jugada estratégica para reducir dependencia energética. El problema es que el sustituto patentado que llegue costará el triple.
El fósforo, la otra pieza del tablero
Marruecos controla alrededor del 70% de las reservas mundiales conocidas de fosfato, materia prima clave para fertilizantes y baterías LFP. China es el primer productor mundial, con más de 20 millones de toneladas anuales de ventaja sobre Marruecos, pero sus reservas se agotan rápido y su demanda interna es monstruosa. Rusia es el segundo productor, con reservas enormes, pero comprarle implica pagar en rublos o yuanes y asumir riesgo geopolítico.
La conclusión que se extrae de todo esto es incómoda: Europa no es soberana en alimentación. Depende del gas para fertilizantes, del fosfato marroquí para nutrientes y de la tecnología estadounidense para buena parte de su agricultura. El blindaje del glifosato por parte de Trump es, en el fondo, una declaración de intenciones: Estados Unidos no piensa renunciar a su modelo agrícola, y quien quiera competir tendrá que espabilar.
Mientras tanto, el debate sobre los efectos en la salud sigue abierto. No hay consenso científico sobre el alcance real del glifosato en dosis bajas, pero la orden ejecutiva cierra la vía judicial antes de que ese consenso llegue. Es la cuadratura del círculo: se declara tóxico por diseño y se blinda como recurso crítico. Si eso no es una contradicción, que venga alguien y lo explique.