Media hora de trueno ininterrumpido y olor a azufre en la tormenta
La física concede a un trueno entre 30 y 40 segundos. En junio, varios testimonios repartidos por media España aseguraron haber escuchado uno solo durante media hora. Y la lluvia que cayó después no olía a tierra mojada.
El relato se repite con pocas variaciones. Un estruendo sin pausas, granizo de tamaño desmedido y un olor que nadie supo nombrar: humo, alcantarilla, azufre. Los avisos llegaron desde
Madrid, Zaragoza, Logroño, Asturias y algún pueblo de la costa de Málaga. La explicación sigue partida en dos.
Un estruendo como el motor de un avión
La descripción más repetida no hablaba de truenos separados por segundos de silencio, sino de un sonido único y continuo. «Eran truenos continuos, como un estruendo continuo, como el reactor de un avión que ha durado una media hora», resumía uno de los testimonios. Otro lo comparaba directamente con un motor enorme que no se apagaba. La palabra que vuelve una y otra vez es
ininterrumpido.
No todos midieron lo mismo. Hubo quien habló de diez minutos, no de treinta. Y quien puso hora al episodio: una tormenta que arrancó a las
6:00 y terminó a las 6:50 de la mañana, casi una hora de ruido y hielo. En una de las casas, el granizo alcanzó a un gato que había salido a cotillear; entró aterrorizado y se metió debajo de la cama. Ese detalle explica la mañana mejor que cualquier gráfico.
¿Cuánto puede durar un trueno?
Menos de un minuto, salvo excepciones. El rayo calienta el canal de aire por el que pasa hasta los
30.000 ºC; ese aire se expande de golpe, choca con el aire frío de alrededor y se contrae, y ese latigazo es la onda sonora que llamamos trueno. El Atlas Internacional de Nubes cifra la duración del fragor en
30 o 40 segundos y admite que se alargue en zonas montañosas o en ciudades, donde el sonido rebota.
De ahí no se sale con facilidad. Media hora son
1.800 segundos, cuarenta y cinco veces el registro que recoge el manual. Para que cuadre, quien defiende la versión larga necesita algo más que reverberación: necesita que el ruido no pare de nacer.
¿A qué olía la lluvia?
El olor a tierra mojada tiene explicación desde hace años: lo producen unas bacterias del suelo cuando se empapa. Fue el primer argumento de los escépticos. El problema es que los testimonios insistían justo en lo contrario. «No es ese olor. Es un olor diferente», señalaba uno de los vecinos, que decía conocer el de la lluvia desde niño.
Las alternativas que se manejaron fueron el
ozono de una tormenta seca, el
azufre de la lluvia ácida y el simple tufo de alcantarilla. La prueba propuesta para salir de dudas tenía su gracia: comprarse un generador de ozono y comparar. El ozono no se recuerda, se huele.
De la DANA a la geoingeniería
Aquí la conversación hizo un giro. De discutir la duración de un trueno se pasó a discutir quién lo fabrica. Una parte del análisis sostiene que el clima se modifica de forma deliberada, que existen técnicas habilitadas por vía administrativa y que las nubes se siembran por fumigación. Se citó el
polvillo blanco posado en los coches, los programas de siembra y hasta un mapa público de proyectos de geoingeniería.
El contrapunto llegó por otro lado: la temperatura media superficial habría subido
1,2 ºC, una cifra que unos aceptaron y otros negaron de plano, recordando que las piscinas romanas de Cádiz siguen pescando con las mismas mareas. Nadie cerró el asunto. Y entre medias, una descripción que no encaja en ningún patrón: un cielo rojo, de película marciana, durante dos horas en la costa de Málaga.
Muchos truenos solapados o un solo trueno
La explicación más económica es también la menos épica. Los truenos pueden solaparse: si los rayos caen con mucha frecuencia, el oído no encuentra el silencio y percibe un retumbar continuo, como una discoteca abierta cerca. Un episodio idéntico se había vivido años antes a 10 o 15 kilómetros de distancia, con rayos sin parar y un sonido que no cesaba.
La discrepancia es de percepción, no de termómetros. Un solo trueno de media hora exige una fuente de sonido que no se apaga; muchos truenos encadenados solo exigen una tormenta muy activa. La diferencia entre ambas cosas es la diferencia entre un fenómeno inédito y una noche de junio especialmente ruidosa.
Con esos mimbres, lo razonable sería esperar una medición y no un recuerdo. ¿Cuántos truenos de media hora hacen falta para que la explicación estándar deje de bastar?