Bitcoin como reserva de EEUU: el día que no llegó la transformación
El 20 de enero de 2025, Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos y, según el relato que circulaba con más fe que datos, ese día iba a disparar la adopción de Bitcoin como reserva de valor del país. La tesis era ambiciosa: el mejor activo financiero que ha visto la humanidad, características inigualables como depósito de riqueza y medio de transferencia de valor, y una reacción en cadena de países y grandes empresas siguiendo el ejemplo. Meses después, la transformación sigue sin materializarse y el balance es, como mínimo, discutible.
Qué se prometía con la llegada de Trump
El planteamiento inicial sostenía que la toma de posesión marcaría el pistoletazo de salida para que Estados Unidos adoptara Bitcoin como reserva de valor. La adopción institucional y empresarial avanzaría «como piezas de dominó», según esa lectura, mientras los escépticos se quedarían mirando con cara de tontos y cada día más pobres. El argumento se apoyaba en una idea simple: si el gobierno de Trump respalda Bitcoin, es prácticamente imposible verlo caer a cero.
La euforia tenía su reverso. Buena parte de la conversación dudaba abiertamente de que Trump mueva un dedo por el Bitcoin: «Claro, a Trump le interesa que el dólar pierda valor y que el Bitcoin gane valor», ironizaba uno de los mensajes. Otro lo resumía con más crudeza: «Trump va a hacer lo mismo que en su mandato anterior: NADA. No construyó el muro, no paró el wokismo, no redujo deuda, nada».
¿Qué pasó realmente con la reserva estratégica de Bitcoin?
La respuesta corta es que no hubo tal reserva. Lo que sí llegó fue una orden ejecutiva de Trump prohibiendo la creación de una moneda digital de banco central (CBDC), un movimiento que algunos leyeron como guiño al sector cripto pero que no equivale a adoptar Bitcoin como reserva. El resumen de la comunidad fue demoledor: «Al final no pasó nada. FAIL».
La decepción no fue solo por omisión. La propia agenda económica de Trump empezó a mostrar fisuras: los aranceles a productos mexicanos y canadienses incluidos en el acuerdo comercial de América del Norte (aproximadamente la mitad de sus exportaciones totales a Estados Unidos, según la Casa Blanca) se suspendieron hasta el 2 de abril, y The Economist publicó que «los delirios económicos de Donald Trump ya están dañando a Estados Unidos». El presidente y la realidad, decía el artículo, se están distanciando.
El oro sigue ganando la partida al Bitcoin
Mientras el Bitcoin esperaba su momento, el oro hacía su trabajo sin aspavientos. Un dato que circuló en la conversación: 34,99 dólares por 0,1 gramos de oro, lo que equivale a 10.800 dólares la onza. La pregunta que lanzaban los escépticos era retórica: si los criptobros han picado, ¿picarán también los goldbugs? La respuesta, de momento, es que el metal precioso no necesita que nadie le prometa una reserva estratégica para seguir siendo lo que ha sido durante milenios.
La crítica más incisiva venía de quienes llevan años en esto: «Bitcoin no es ni nunca será reserva de valor, analfabeto, están todos comprando oro, la reserva de valor por antonomasia milenaria». Otros matizaban que el oro también ha tenido sus malos momentos históricos, como tras el descubrimiento de América o en décadas de lateralidad frente a monedas fiat con inflación. La diferencia, argumentaban, es que Bitcoin aún no ha demostrado nada a largo plazo.
La trampa de la convertibilidad: el argumento que nadie rebate
El punto más sólido de los escépticos no era el precio, sino la infraestructura. Si las criptomonedas no son convertibles a fiat, el castillo se desmorona. «Si bloquean la convertibilidad a fiat, esos ETFs se van a la mierda», advertía un mensaje. Y ahí entra en juego el plan de las CBDC: si las transacciones grandes —un coche, una casa, compras online, impuestos— quedan encorsetadas en monedas digitales de banco central, el Bitcoin queda reducido a un mercado negro de dimensiones cósmicas, pero mercado negro al fin y al cabo.
La contraargumentación no se hizo esperar: si se prohíbe la conversión, surgirá un mercado negro paralelo y la gente acabará pagando directamente en Bitcoin porque al vendedor le sale más a cuenta que la parafernalia de impuestos. Es la misma lógica que se aplicó al cash durante décadas. El problema es que el cash nunca fue una reserva de valor global, y el Bitcoin tampoco lo es hoy.
La resistencia cuántica y otros problemas pendientes
Hay un elefante en la habitación que casi nadie quiere mirar: la computación cuántica. Las carteras de Bitcoin no tienen resistencia cuántica, y el sistema de recompensas se va al garete con un ordenador cuántico suficientemente potente. La única salida sería que Bitcoin desarrolle esa resistencia, algo que de momento solo parece tenerlo en cuenta Pi Network, según uno de los mensajes. Es un problema técnico sin resolver que ningún discurso de reserva estratégica soluciona.
A eso se suma la cuestión de la utilidad real. El oro y la plata tienen miles de aplicaciones industriales; Bitcoin, ninguna más allá de la especulación. «El oro es una reliquia del pasado», «Bitcoin es oro digital», ironizaba un mensaje: a ver si os decidís. La comparación con los tulipanes, la sal, los sellos o las cartas de Pokémon planea sobre toda la discusión: cualquier cosa puede ser reserva de valor durante un tiempo si hay alguien dispuesto a comprarla más caro.
El balance: ni arrasó ni se fue a cero
La realidad post-20 de enero es más aburrida que el relato. Bitcoin no arrasó, pero tampoco se fue a cero. Los que compraron ETH a 40 pavos en marzo de 2017 y los que metieron pasta en ETFs con un 37% de ganancias siguen ahí, unos más tensos que otros. La discusión derivó en un intercambio de porcentajes y cantidades que no resolvió nada: un 1000% siempre se impone a un 37%, pero depende de cuánta pasta hayas metido, y eso lo sabe hasta el más cutre fontanero sin estudios que ahora habla de Bitcoin.
La predicción con reservas es esta: Trump no va a mover un dedo por Bitcoin más allá de lo que le convenga electoralmente, las CBDC avanzarán silenciosamente, y el oro seguirá haciendo lo que ha hecho durante 5.000 años. Si Bitcoin sobrevive, será porque desarrolle resistencia cuántica y porque alguien encuentre una utilidad que no sea especular. Hasta entonces, la mayor transformación monetaria de la historia sigue siendo una promesa de campaña.