Trump avisa de que el dólar pierde hegemonía frente al yuan
¿Puede una divisa reinar durante décadas y verse relegada sin que medie un solo disparo? La pregunta ha dejado de ser teórica. Una declaración atribuida a Donald Trump, difundida en redes, sostiene que
Estados Unidos está perdiendo su hegemonía financiera y que el dólar dejará de ser la moneda de cambio internacional en beneficio del yuan. En el mismo texto se afirma que la maquinaria militar estadounidense está siendo derrotada en Ucrania y se habla de China, Rusia, Irán y Corea del Norte como una alianza «amenazante y destructiva».
El diagnóstico se discute con vehemencia. Lo llamativo no es quién firma la advertencia, sino cuánto tiene de constatación y cuánto de
profecía. Porque en algo coinciden casi todas las lecturas: el dólar no va a evaporarse mañana. Lo que está en juego es otra cosa,
el monopolio.
¿Qué dijo Trump sobre el dólar y el yuan?
La tesis central es que el dólar dejará de ser la moneda de cambio. Sobre ese punto se ha montado un malentendido que conviene desmontar. El matiz más repetido es que nadie sostiene que vaya a desaparecer del comercio mundial, sino que verá reducida su influencia y dejará de ser la moneda habitual. Si los BRICS negocian entre ellos en yuanes, lo harán en yuanes. Los saudíes no dejarán de exportar en dólares, pero podrán hacerlo también en yuanes.
La consecuencia que nadie se atreve a cerrar es la reacción de Washington si su moneda pierde ese monopolio en el mercado del
petróleo. Hay quien recuerda que los anglosajones no han dudado históricamente en recurrir a cualquier medio, incluido el militar, para preservar su posición, y quien responde que ese tipo de amenaza es hoy más retórica que plan.
Por qué el dólar se usa en todo el mundo: el petrodólar
Ahí entra el concepto clave. La razón de que el dólar sea la moneda franca no es mágica.
Estados Unidos figura entre los mayores distribuidores de petróleo del planeta —junto al Reino Unido— y también entre los mayores productores, por delante de Arabia Saudí. Occidente es el mayor consumidor mundial y los hidrocarburos son un producto de uso común e imprescindible en cualquier economía.
Eso convierte al crudo en la moneda de cambio real y al dólar en su vehículo. De ahí que la disputa por el yuan no sea una discusión de divisas, sino de quién pone las reglas del comercio energético. Quien controle esa casilla controla el sistema.
Arabia Saudí, Irán y la OPEP: el giro que cambia el tablero
El movimiento que más ha descolocado el análisis no viene de Moscú ni de Pekín, sino del Golfo. Arabia Saudí e Irán han abierto relaciones diplomáticas por mediación china, y Riad ha cerrado su guerra en Yemen.
Arabia Saudí ya venía amagando desde 2018, pero la suma de piezas —Rusia, China y ahora el eje saudí-iraní, con India coqueteando en algunos frentes— es lo que pocos habían previsto del todo.
La OPEP, mientras tanto, ha propinado un guantazo a Washington en materia petrolera. Según este análisis, eso fuerza a Estados Unidos a echar mano del fracking y de sus reservas para que el precio no se dispare.
Las lecturas divergen. Una corriente sostiene que Riad simplemente salva su expediente frente a Teherán y que el control de Oriente Medio se ha desplazado hacia China, no hacia Rusia, que en esa versión pinta poco. La otra responde que Pekín lleva años moviendo ficha ahí y que el giro es estructural.
China no quiere el trono... todavía
Aquí llega la paradoja. El yuan como moneda de reserva mundial tiene ventajas evidentes: financiación prácticamente infinita y la capacidad de exportar inflación. Pero también un coste: desincentiva el desarrollo interno, porque siempre resulta más barato comprar fuera. Y China, que aún necesitaría al menos dos décadas para completar su desarrollo, quizá no esté dispuesta a asumir ese peaje. Su población, además, envejecerá en ese mismo plazo.
La hipótesis alternativa que circula es que Pekín use el yuan de forma transitoria mientras impulsa una moneda internacional respaldada por oro y materias primas, en la línea de los Derechos Especiales de Giro del FMI que viene proponiendo el economista ruso Serguei Gláziev.
Ingenieros, déficit y demografía: los números detrás del relato
Los datos que sostienen la tesis del declive son varios. En Estados Unidos solo un
7% de los egresados universitarios son ingenieros, frente a porcentajes muy superiores en China, Rusia, India o Irán. La comparación demográfica tampoco favorece a Occidente:
3.000 millones de personas frente a 1.000 millones. Y Estados Unidos acumula más de cuatro décadas de déficit comercial pese a ser el mayor productor de energía del mundo.
Aun así, hay quien recuerda que la economía estadounidense está cogida con alfileres en el sector tecnológico: a nada que la Reserva Federal endurezca su política, la publicidad y el empleo digital se desmoronan. El declive no sería solo financiero.
También se apunta a las divisiones internas en Washington, con servicios de inteligencia que no tendrían clara la estrategia: si la guerra es con Rusia, con China, con ambas a la vez, o si el objetivo es hundir a sus propios aliados europeos.
Con estos mimbres, la conclusión más honesta es que nadie sabe cuánto tardará el relevo. Y que quien más lo teme quizá sea el que todavía firma los billetes.
Para consuelo de todos, los imperios tienen la virtud de enterarse tarde de que han dejado de serlo.