Trump retira los aranceles a México tras el pulso comercial
La economía estadounidense crecía al 2% y en un trimestre se hundió al 2%. Esa es la paradoja que resume el desconcierto, según un participante: un presidente que amenaza con aranceles cada mañana, que los retira por la tarde y que deja a las empresas sin saber qué tarifa pagarán la semana que viene, según los críticos. La decisión de dar marcha atrás con México es, según el relato más extendido, una victoria del arte de la negociación. Según el menos complaciente, la constatación de que el pulso se ha perdido.
El gobernante que negocia a golpe de tuit y de decreto
La secuencia es conocida: amenaza con aranceles del 25%, después del 20%, luego del 5%, y al final retira la medida. Quienes defienden al presidente sostienen que se trata de una estrategia deliberada, aprendida de un manual de negociación que él mismo escribió hace años. «Es el arte de negociar», resume una de las voces más repetidas. El resultado, argumentan, es que México y Canadá acaban cediendo en lo que Washington pedía.
La otra lectura es menos épica. El tejido empresarial estadounidense, dicen los críticos, no tiene ni idea de qué tarifas tendrá que pagar mañana, el lunes o en abril. Cada día es algo nuevo dependiendo de cómo se levante el inquilino de la Casa Blanca. Y eso, para una economía que vive de la previsibilidad, es un coste en sí mismo.
El crecimiento que se desinfla y la deuda que no deja de crecer
El dato más repetido en el análisis es el del crecimiento. Se pasa de una economía que crecía al 2% a una que se hunde al 2%. La frase, que suena a trabalenguas, encierra una acusación: el daño no lo causó la herencia recibida, sino las decisiones tomadas en tiempo real. Quienes defienden al presidente responden que no se puede culpar a un inquilino de dos meses de la economía que le deja el anterior.
El debate sobre la deuda añade otra capa. Un análisis detallado compara el aumento de deuda con el crecimiento del PIB y concluye que, si se excluye el año de la pandemia, la etapa anterior fue la más «sana» desde 2012. El problema, señalan, es que desde entonces todos los años son mucha más deuda que crecimiento. La discusión sobre si la apreciación del dólar compensa ese desequilibrio queda abierta.
Zelenski, Europa y el rearme como moneda de cambio
Hay un consenso incómodo en torno a uno de los efectos colaterales: el pulso comercial ha coincidido con un giro en la política de defensa europea. «Ha conseguido que Zelenski le chupe la polla y que Europa se rearme», resume una intervención. La frase, soez, apunta a una tesis más seria: Washington habría utilizado la presión arancelaria y la amenaza de abandonar la OTAN para forzar a Europa a gastar más en defensa, lo que a su vez se traduciría en compras de armamento estadounidense.
La interpretación más estratégica sostiene que Estados Unidos está tratando de cambiar su modelo por uno más parecido al chino: menos dependencia del consumo interno, más inversión en industria y desarrollo. Y para eso necesita que sus socios carguen con parte del coste de la seguridad. Es inteligente, conceden incluso los críticos. Lo malo, añaden, es que Europa no termina de reaccionar.
China, Canadá y la resistencia al pulso
No todos los frentes han cedido. China, que estaba tranquila sin armar follón, ha sido clara: si se busca guerra comercial, habrá guerra comercial. Canadá tampoco se ha doblegado, y su primer ministro ha mantenido una posición firme. Ese contraste alimenta la tesis de que el pulso con México no fue una victoria, sino una retirada sin honor.
La pregunta que sobrevuela el análisis es qué queda cuando el presidente que negocia a golpe de decreto se topa con un socio que no se mueve. La respuesta, por ahora, es un escenario de incertidumbre sostenida: empresas que no invierten, mercados que se mueven a golpe de tuit y una economía que, según los datos disponibles, no termina de arrancar.
¿Qué pasa cuando el arte de negociar se convierte en el arte de no saber qué pasará mañana?