Tucker Carlson afirma que Trump anunciará la guerra con Venezuela
La noche del miércoles, el periodista Tucker Carlson aseguró en el pódcast «Judging Freedom» que un miembro del Congreso le había informado de que el presidente Donald Trump anunciaría la guerra con
Venezuela durante su discurso a la nación de esa misma noche, a las 21:00 hora local. La noticia corrió como pólvora por los mentideros digitales y desató todo tipo de especulaciones sobre una operación militar inminente. Horas después, el discurso terminó sin que Trump mencionara Venezuela. Carlson, que ya venía arrastrando un desgaste de credibilidad, quedó retratado. Pero el episodio dejó al descubierto algo más interesante: la maquinaria de rumores sobre una intervención en el país caribeño funciona a pleno rendimiento y tiene tantos motivos económicos como geopolíticos.
El anuncio que nunca llegó
La secuencia fue de manual. Un periodista de tendencia conservadora suelta en un pódcast que un congresista le ha filtrado que hay una guerra a punto de declararse. El mensaje llega a los foros, se comparte en redes y en cuestión de horas el tema está instalado en la conversación pública. La reacción mayoritaria fue de escepticismo: muchos señalaron que Estados Unidos no declara formalmente una guerra desde la Segunda Guerra Mundial y que, cuando interviene, lo hace bajo eufemismos como «operación militar especial» o «acción antinarcóticos». La Constitución estadounidense reserva la declaración de guerra al Congreso, pero en la práctica las administraciones han eludido ese trámite durante décadas. El resultado es que la palabra «guerra» se usa como titular, pero rara vez como acto jurídico.
¿Por qué se especula con una intervención en Venezuela?
El interés no es nuevo. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, y su alineamiento con Rusia y China ha convertido al país en un tablero donde se cruzan intereses energéticos y estratégicos. En el debate se apuntó a un factor personal: la administración anterior, de signo demócrata, mantuvo un trato más pragmático con Caracas, mientras que Trump habría tomado como afrenta la intervención venezolana en las elecciones que perdió Biden. Un congresista republicano lo resumió con crudeza: «Si se tratara de drogas, bombardearíamos México, China o Colombia. Esto se trata de petróleo y de un cambio de régimen». La cita, reproducida en redes, apunta a que el argumento humanitario o antinarcóticos es la coartada y el crudo, el motivo.
El factor China y el reparto del mundo
Otra línea de análisis sugiere que una operación en Venezuela encajaría en un reparto tácito de zonas de influencia entre Washington y Moscú. Mientras Rusia mantiene su presión sobre Ucrania, Estados Unidos podría buscar un movimiento simbólico en su patio trasero sin temor a una represalia directa. Es la tesis del «yo hago en Venezuela, tú haces en Ucrania», que algunos ven como una señal de que las grandes potencias han vuelto a la lógica de los bloques. En ese escenario, la reacción de China, principal acreedor de Caracas, sería determinante: Pekín ha invertido miles de millones en el país y no vería con buenos ojos un cambio de régimen que pusiera en riesgo sus contratos petroleros.
El coste humano y la demonización pendiente
No todo el mundo compra el escenario bélico. Una parte del análisis sostiene que una guerra a gran escala requiere un proceso previo de demonización del enemigo que aún no se ha completado. Venezuela no es la Alemania nazi ni la Rusia de Putin: no hay un relato instalado que justifique una intervención ante la opinión pública estadounidense. La maquinaria propagandística podría construirlo, pero llevaría tiempo. Otros apuntan a que el verdadero objetivo no es una invasión terrestre, sino una campaña de ataques aéreos selectivos contra instalaciones militares, al estilo de lo visto en otros conflictos recientes. La diferencia entre una cosa y otra es abismal en términos de bajas y de consecuencias económicas.
El efecto en España: Zapatero en el punto de mira
La conexión española apareció pronto en la conversación. El expresidente José Luis Rodríguez Zapatero ha mantenido una relación estrecha con el chavismo y ha ejercido como mediador oficioso en varias crisis venezolanas. Si Maduro cayera, la posición de Zapatero quedaría muy debilitada, y algunos especulan incluso con que la Agencia Antidrogas estadounidense (DEA) pudiera interesarse por sus gestiones. Es una hipótesis sin confirmar, pero ilustra hasta qué punto el asunto venezolano se ha convertido en un arma arrojadiza de la política española. La sombra de una intervención militar se proyecta así sobre el debate interno, donde ya hay quien pide cuentas al expresidente por su papel en la región.
El petróleo como telón de fondo
Más allá de los rumores, el trasfondo económico es innegable. Venezuela bombea una fracción de lo que producía hace una década, pero sus reservas siguen siendo estratégicas. Cualquier cambio de régimen alteraría los flujos energéticos del hemisferio y abriría la puerta a las petroleras occidentales, hoy excluidas del país. Ese es el premio que explica el interés. Y también el riesgo: una intervención desestabilizaría el precio del crudo y añadiría volatilidad a un mercado ya tensionado. Los analistas que siguen el asunto coinciden en que el anuncio de Carlson fue, como mínimo, prematuro. La guerra que nunca llegó dejó un reguero de especulaciones y una pregunta incómoda: ¿quién filtra estas cosas y con qué interés?