Ucrania reconoce que no ganará solo en el campo de batalla
El general Vadim Skibitski, vicedirector y portavoz de la Dirección General de Inteligencia del Ministerio de
Defensa ucraniano (GUR), lo ha dicho sin rodeos a
The Economist: «las guerras acaban con tratados». Traducido: su país «no va a ser capaz de ganar la guerra exclusivamente en el campo de batalla». Es la primera vez que una voz oficial de la inteligencia militar ucraniana pone fecha y forma al final del conflicto, y lo hace admitiendo que Ucrania y Rusia tendrán que sentarse a negociar. El medio español que recoge la declaración añade un matiz temporal que lo cambia todo: no habrá conversaciones con el Kremlin hasta 2025.
La frase no es un desliz. Es el reconocimiento de que el desgaste ha entrado en una fase donde la aritmética manda más que la épica. Y el eco en la conversación pública ha sido inmediato: desde quien sostiene que Rusia jamás firmará nada que no pueda romper después, hasta quien recuerda que las guerras coloniales clásicas siempre terminan con un mapa sobre la mesa.
Qué significa exactamente negociar en 2025
El anuncio de Skibitski no describe un alto el fuego inminente. Describe un calendario. La inteligencia ucraniana sitúa las conversaciones con Moscú a partir de 2025, lo que implica que el año que viene se libra, sobre todo, para llegar a esa mesa en la mejor posición posible. Cada kilómetro cuenta doble: como terreno y como moneda de cambio.
Ahí aparece el primer cálculo incómodo. Si el final es una línea de demarcación, el que más territorio controle el día de la firma se queda con más. De ahí el interés ruso por seguir empujando y el ucraniano por recuperar lo perdido. No es una guerra de conquista total, es una subasta con reloj.
Hay quien compara el escenario con la guerra de Corea: cada bando se queda con lo que controla, se traza una línea y las relaciones quedan tensas durante décadas. Otros creen que el paralelismo se rompe en un punto clave: aquí hay una potencia nuclear con doctrina propia y un territorio anexionado que Moscú considera suyo por ley interna.
El problema de Crimea y los territorios anexionados
Ninguna negociación seria empieza sin resolver qué pasa con Crimea. Y ahí el diagnóstico más repetido es que Ucrania reclama un territorio que jamás ha estado encima de la mesa. La península se da por perdida en cualquier escenario realista, y lo mismo ocurre con las zonas anexionadas por Moscú: Donetsk, Lugansk, Melitopol o Zaporiyia.
El argumento que circula es contundente: todo lo que hoy está bajo control ruso se quedará bajo soberanía rusa, porque para eso se libra una guerra. La objeción es igual de sólida: Ucrania nunca reconocerá esos territorios como rusos, porque hacerlo sería aceptar la derrota también en el plano jurídico. Y sin reconocimiento, no hay tratado que valga.
Ese es el nudo. No se negocia solo el suelo, se negocia quién firma que el suelo cambió de manos. Y ahí ni Kiev ni sus socios occidentales parecen dispuestos a ceder por ahora.
Por qué Moscú tampoco tiene prisa
La tesis contraria también tiene recorrido. Se sostiene que Rusia no quiere trozos de Ucrania, sino una Ucrania descapitalizada, una Bielorrusia 2.0 o incluso algo integrado en su órbita. Si ese es el objetivo, no hay nada que negociar, porque nadie se sienta a pactar su propia desaparición como Estado.
A eso se suma la desconfianza estructural hacia los acuerdos. El argumento más repetido es que cualquier paz firmada con Occidente acabará incumplida, como los anteriores, y solo servirá para que la OTAN se rearme en el territorio que quede y vuelva a la carga cuando se sienta fuerte. La conclusión de esa corriente es que la paz es deseable pero imposible en las circunstancias actuales.
La contra réplica es histórica y conocida: los acuerdos se incumplen por ambas partes, y recordar solo los ajenos es hacer trampa. El tratado de Budapest, la neutralidad prometida y los acuerdos de Minsk aparecen una y otra vez en la conversación como pruebas de cargo cruzadas.
El desgaste que empuja a la mesa
El factor que nadie discute es la aritmética de la guerra. Ucrania no tiene capacidad para hacer avances significativos y empieza a tener problemas serios para reponer soldados. Rusia avanza despacio, pero avanza, y tiene más población reclutable. La pregunta no es quién gana, es cuánto aguanta cada uno.
Las cifras de bajas que circulan son objeto de disputa permanente. Un cálculo repetido habla de unos 130.000 muertos rusos, 300.000 heridos y unos 20.000 capturados, con miles de mercenarios extranjeros entre ellos. La objeción es inmediata: con 30 millones de varones en edad militar, ese ritmo sería sostenible durante décadas. Y la contra objeción también: quien ataca es quien se lleva la peor parte, y el fondo de armario no es infinito.
Lo que sí parece fuera de discusión es el efecto sobre Ucrania: país en bancarrota sostenido por ayudas occidentales, infraestructuras destruidas, pérdida de la mayor central nuclear de Europa y millones de desplazados por la UE. Ese es el balance que empuja a cualquiera a sentarse.
El factor que nadie controla: Washington
Hay una corriente que sostiene que la negociación real no es entre Kiev y Moscú, sino entre Moscú y Washington. La idea es que Ucrania no decide, y que el calendario electoral estadounidense pesa más que cualquier ofensiva. Cuanto más se retrase el final, peores condiciones para Ucrania, pero mejor para quien no quiere vender una derrota antes de tiempo.
En ese marco, la pregunta que sobrevuela es si Europa tiene algo que decir. La respuesta más repetida es que no: la OTAN negocia, Ucrania firma y la UE paga la reconstrucción. Y mientras tanto, la única certeza es que el «juego», como dice el propio medio que recoge las declaraciones, ya le queda poco recorrido.
Lo que no está escrito es la letra pequeña. Nadie sabe qué territorio exacto se congelará, quién lo reconocerá y cuánto durará el armisticio antes de que alguien lo rompa. La única cifra firme sobre la mesa es 2025.