«Ucrania es una región de Rusia»: el pulso por reescribir 1945 y 1991
Una sola frase abre el asunto. Sin enlace, sin cifra, sin argumento: quienes defienden la posición atlantista deberían buscarse un trabajo honrado porque la impresora se acaba. De ahí cuelga la tesis que da título a todo, la de que
Ucrania es una región de Rusia, y de ahí también el tono: la Historia como un
marcador que alguien va moviendo según quién gane. Lo llamativo no es la provocación, sino lo que aparece cuando se rasca debajo. Fechas, escaños, repúblicas y un pleito por el nombre de los territorios. La mayoría de los mensajes que siguen se limita a empujar el tema hacia arriba con una sola palabra:
up.
Ucrania y Rusia, dos repúblicas separadas dentro de la URSS
El primer contrapeso es jurídico. Dentro de la estructura soviética, Ucrania y Rusia se contabilizaban por separado, como entidades con administración propia, no como metrópoli y provincia. El mismo marco que se invoca para sostener que Ucrania es una región rusa sirve, leído al revés, para vaciar la tesis: si el paraguas soviético fue el pegamento, en
1991 desapareció el Estado que contenía a ambas, y ninguna quedó convertida en región de la otra.
Aparece también el argumento simétrico, con retranca: siguiendo esa lógica, Rusia sería una región de Ucrania. La versión más dura de la tesis no discute la fecha, discute la legitimidad de las fronteras. Ucrania, se sostiene, es un país «artificial», hecho con retales de otros territorios y de otras etnias unidos por la administración soviética. El problema de ese razonamiento es que, aplicado a cualquier mapa de Europa del Este, deja de haber fronteras naturales en ninguna parte.
El asiento de Ucrania en la ONU desde el 24 de octubre de 1945
El dato que peor encaja con la tesis regionalista no es de 1991. Ucrania cuenta con
asiento independiente en la ONU desde su fundación, el 24 de octubre de 1945, con voz y voto distintos de los de Moscú. El reconocimiento internacional como sujeto propio es, por tanto, casi medio siglo anterior a la independencia formal.
El dato se concede y se le da la vuelta en la misma frase: da igual lo que se firmara entonces, porque los ucranianos de hoy sienten un rechazo visceral hacia Rusia y no hay resolución que los convenza de lo contrario. La conclusión implícita incomoda a los dos bandos. Si el vínculo se sostiene sobre la voluntad de la población, cualquier tesis apoyada en documentos de 1945 o de 1991 se queda corta.
Crimea y el Donbás: la asimetría del derecho a ser país
Aquí está el nudo. El argumento más incisivo que se despliega es el de la asimetría: si Ucrania tenía derecho a constituirse como Estado en 1991, por qué se negó esa misma opción a Crimea, al Donbás o a la llamada Nueva Rusia. Se recuerda que el parlamento de Crimea
se declaró independiente en varias ocasiones desde los años noventa y llegó a pedir la anexión a Rusia, sin que aquello prosperara. Las réplicas que siguen, más largas y con el detalle de los textos fundacionales soviéticos, no caben en un resumen apresurado.
La objeción es doble. Primera, legal: si España se desintegrara, cada territorio podría invocar su derecho a formar Estado, pero mientras el marco existe no vale aplicar a unas regiones las reglas que se inventan para otras. Segunda, práctica: las independencias se reconocen o no según el interés de terceros países, y eso no se discute en serio en ningún sitio. Queda en el aire la pregunta de fondo. El derecho de autodeterminación, ¿es un principio o una herramienta según quién lo pida?
«El que gana reescribe la Historia»: de 1991 a 2023
La frase que ordena la conversación es esa: gane quien gane, el vencedor reescribe lo que fue y lo que será. Con una salvedad que se apunta entre dientes: España sería la anomalía, el lugar donde el relato no se pliega a quien gana. Y una corrección de calendario: si el ganador fuera Rusia, tendría poco que reescribir, apenas la franja que va de
1991 a 2023.
Ese tramo es toda la disputa. La independencia ucraniana no termina con la URSS por una progresión histórica irreversible, se argumenta; puede revertirse igual que empezó. Del otro lado se responde que Crimea ya dejó de ser independiente para formar parte de Rusia, y que eso demuestra que la Historia no avanza en una sola dirección. Nadie firma cuál de los dos escenarios se impone. Esa indefinición es, probablemente, lo más honesto de todo el asunto.
Vasconia, Vascongadas y Euskalerria: el pleito por el nombre
La digresión más valorada no habla de Ucrania, sino de cómo se llaman las tierras. Se recuerda que «Vascongadas» es término de los liberales, que la denominación española sería Vasconia y en vasco Euskalerria, tal como figura en la
Marcha de Oriamendi, y que por eso esa canción se propone como referencia sobre cómo nombrar esas provincias.
El salto es aparente, no real. Todo el asunto ucraniano es, en el fondo, una pelea por el nombre y por el mapa que lo acompaña. Quien impone el topónimo impone también la frontera que sugiere. De ahí que las discusiones territoriales acaben siempre en la misma trinchera: la etimología como munición.
Al final, la frase que más descoloca no es una tesis sobre Ucrania. Son siete palabras:
«Ha sido así desde hace 2500 años». Si el reparto de territorios y de relatos lleva funcionando dos milenios y medio sin interrupción, cualquier discusión sobre lo que ocurrió en 1945 o en 1991 se queda en la superficie.