Bajmut, la ciudad sin valor militar que devora ejércitos
Ni cruce de carreteras, ni nudo ferroviario, ni centro industrial. Bajmut no mueve ninguna línea del mapa y, sin embargo, lleva meses absorbiendo más medios que cualquier otro punto del frente. Ahí está la paradoja que nadie cierra: se combate por un lugar cuya toma no desbloquea nada operativo. Quien lo describe como «una aldea con cuatro cabras» topa con una respuesta incómoda: Brunete, Belchite, Borodino, Waterloo y Verdún tampoco eran capitales y acabaron dando nombre a batallas que se estudian un siglo después.
¿Por qué se pelea por una ciudad sin valor estratégico?
Por prestigio y por relato, responden las lecturas más críticas. La toma daría a Moscú un titular después de meses de avance mínimo, y su defensa permite a Kiev sostener la narrativa de resistencia. Ninguna de las dos cosas se mide en kilómetros cuadrados.
La otra mitad del argumento señala lo contrario: que el valor de Bajmut no está en el terreno sino en lo que obliga a gastar a quien ataca. Cada semana de combate urbano consume artillería, munición y personal que no se emplean en otro eje. Esa es la lógica del desgaste, y explica que la discusión lleve meses girando sobre el mismo punto sin resolverse.
El segundo mejor ejército y el precedente de Irak y Afganistán
Entre las corrientes que siguen el conflicto hay coincidencia en un punto incómodo: Bajmut sirve, sobre todo, para calibrar la calidad real del ejército que Occidente situaba como segundo del mundo. La comparación con otras operaciones sale a relucir de inmediato.
Un sector recuerda que Estados Unidos no ha enfrentado una resistencia de esta intensidad desde Corea, y que el ejército de Sadam en 2003 se deshizo en semanas. La réplica llega rápido: los miles de militares de la coalición heridos o fallecidos en Irak desde 2003 discreparían de esa lectura. Y el caso afgano se usa como espejo: veinte años de presencia sin control efectivo del territorio, con una salida que dejó atrás helicópteros evacuando personal desde azoteas y una cifra de material abandonado que se repite en estos análisis: 22.174 Humvees, 8.000 camiones y 634 vehículos blindados M1117.
Sobre esa base, la pregunta que atraviesa el asunto es otra: si Bajmut es propaganda, ¿de quién, y a qué precio?
Invierno, rotaciones y la anunciada ofensiva de primavera
El frente no lo sostienen las unidades profesionales. La defensa de Bajmut recae sobre fuerzas territoriales, mayoritariamente voluntarios, que se rotan de forma constante para descansar y para acumular experiencia de combate. Mientras tanto, las tropas entrenadas por la OTAN esperan en reserva.
El coste se discute sin cifras públicas de bajas. Una lectura sostiene que la resistencia a ultranza ha fundido buena parte de la reserva de infantería y mucha munición para prolongar una posición desbordada desde hace meses. Otra responde que la ciudad sigue sin caer, y que ese hecho, por sí solo, ya desmiente los anuncios de toma inminente. Las predicciones de captura apuntan al 1 de mayo, con guiño incluido al Día del Trabajador.
El paralelismo con Stalingrado aparece y se rebate: allí el avance llegó a doscientos metros del Volga y los alemanes acabaron saliendo en avión y por los tejados en helicóptero. La analogía se usa en ambos sentidos, según convenga.
El escenario demográfico que deja la guerra
Los números de partida son los que más incomodan. Antes del conflicto, Ucrania contaba con unos 45 millones de habitantes. Cinco regiones conquistadas por Rusia, que difícilmente volverían, suman alrededor de 9 millones de personas. A eso se añaden 15 millones de refugiados: 4 millones hacia zonas bajo control ruso y 11 hacia Europa Occidental y más allá. La conclusión que se extrae es que el país que salga del conflicto tendrá poco que ver, en tamaño y estructura, con el que entró.
Nadie discute esas magnitudes. Lo que se discute es qué queda por defender dentro de Bajmut mientras se cuentan.
¿Cuántas rotaciones más aguanta una defensa sostenida por voluntarios antes de que la reserva deje de existir?