Enero se lleva 242.148 empleos y suma 38.725 parados
El mercado laboral español arrancó el año con la mayor destrucción de
empleo en cuatro ejercicios:
242.148 afiliados menos y
38.725 parados más en un solo mes, según los datos difundidos por los medios económicos. La cifra, que llega en plena resaca navideña, ha reabierto el pulso sobre cuánto hay de estacionalidad y cuánto de deterioro estructural en el mercado de trabajo.
La reacción no se hizo esperar. Frente a quienes leen el dato como un simple ajuste tras la campaña de Navidad —«no es mal dato para lo que suele ser enero», resume una de las lecturas más templadas—, otra corriente lo interpreta como la constatación de que el empleo español vive de brotes verdes trimestrales y de contratos de tres meses. El titular, en cualquier caso, es contundente:
la mayor caída en cuatro años.
¿Es normal destruir 242.148 empleos en enero?
La estacionalidad existe y nadie la niega. Enero siempre destruye empleo en España: se acaba la campaña navideña, se desinflan la hostelería y el comercio, y el mercado devuelve parte de lo contratado en diciembre. La pregunta es si
242.148 entra dentro de lo razonable o si marca un cambio de tendencia.
Para una parte del análisis, el dato se lee con relativa calma: es el enero más destructivo desde 2020, sí, pero 2020 fue el año de la parálisis total, y el mercado ha absorbido el golpe sin que el paro se dispare en términos históricos. «Este mes vamos como un triciclo, pero no es mal dato para lo que suele ser enero», sostiene una de las posturas recogidas.
La lectura opuesta no discute la estacionalidad: discute que se use como coartada. Si cada enero hay que reconstruir lo destruido en diciembre, el modelo laboral español sigue siendo un
deja-vú de contratos temporales, campañas y ajustes cíclicos. Y con la mitad de los parados por encima de los 45 años, según un dato que circula en el hilo, el problema deja de ser coyuntural.
El millón de estudiantes en prácticas que infla las estadísticas
Uno de los hilos argumentales más repetidos apunta a los cambios administrativos que están alterando la foto del empleo. La incorporación al sistema de Seguridad Social de los estudiantes en prácticas no remuneradas —presentada desde el Gobierno como un avance en derechos y protección— añade miles de altas que engordan las cifras de afiliación sin que exista, en muchos casos, una relación laboral clásica.
La propia ministra lo celebró públicamente:
«Ya hemos incorporado a un millón de jóvenes estudiantes en prácticas no remuneradas al sistema de Seguridad Social». Para el relato oficial, es una medida de la que sentirse orgullosa. Para el escéptico, es un
apaño estadístico más: altas que cotizan poco o nada y que maquillan el saldo neto.
La sospecha se extiende a los ciclos de formación profesional. Con las prácticas de FP y universidad arrancando en el primer semestre, hay quien anticipa que la próxima subida de afiliación se venderá como mejora económica cuando, en realidad, serán contratos de tres meses y altas obligatorias de estudiantes. El cálculo completo, con los colectivos afectados y los trimestres implicados, es el tipo de desglose que solo se sigue con detalle en la fuente original.
El paro real, la deuda y el sector público
Más allá del dato mensual, el fondo del asunto es otro: la calidad y la sostenibilidad del empleo que se crea. Una parte del análisis sostiene que las estadísticas oficiales llevan años manipuladas, que el paro real supera con holgura el 25% si se suman subempleos y fijos discontinuos inactivos, y que el país vive de un crecimiento apalancado en
deuda pública.
El argumento se apoya en una idea sencilla: si la deuda financia gasto corriente —subsidios, pensiones, salarios públicos— en lugar de inversión productiva, el crecimiento es una burbuja que tarde o temprano pincha. A ello se suma la crítica al empleo público como refugio: se denuncia la creación de puestos en la administración como forma de tapar el agujero del sector privado.
No es un diagnóstico unánime. Frente a él, la lectura más institucional recuerda que el mercado laboral destruye y crea empleo cada año con un patrón previsible, y que el saldo anual sigue siendo positivo. La discusión, por tanto, no es si enero destruye empleo —lo hace siempre—, sino cuánto de ese vaivén es estructural y cuánto se está disfrazando con cambios contables.
La vivienda, el coste de vida y el mercado que no absorbe
El hilo deriva hacia el problema de fondo: un mercado laboral que expulsa a los mayores de 45, no absorbe a los jóvenes y convive con un coste de vida que se come cualquier subida salarial. La consecuencia práctica aparece en la vivienda: si estás en el paro, alquilar es misión imposible, y vender el piso se convierte en una decisión sin retorno.
La queja recurrente es la del trabajador con dos salarios en casa que, objetivamente, se siente cada vez más pobre: impuestos crecientes, dificultad para acceder a la sanidad pública, restricciones al coche y salarios que no acompañan. Es la brecha entre el relato de la recuperación y la cesta de la compra.
A ese malestar se suma el debate migratorio, planteado en términos de presión sobre vivienda y empleo. Es una discusión con carga política evidente, donde las opiniones se cruzan sin datos concluyentes, y que conviene leer con distancia: la relación entre flujos migratorios y mercado laboral es compleja y no se resuelve con titulares.
El patrón que se repite cada año
Más allá del ruido, hay un consenso incómodo: el empleo español funciona por ciclos predecibles. Cae antes de Semana Santa, sube después. Cae antes del verano, repunta en septiembre u octubre. Da igual quién gobierne: Felipe, Aznar, Zapatero, Rajoy o Sánchez. La estructura no cambia.
Ese determinismo estacional es, precisamente, el argumento más demoledor contra quien presume de cifras. Si el patrón es idéntico cada año, el mérito de la creación de empleo es relativo, y el demérito de la destrucción, también. Lo que importa es la tendencia de fondo, y ahí la discusión sigue abierta.
Queda la pregunta que nadie responde con claridad: si la mitad de los parados superan los 45 años, si los jóvenes encadenan prácticas y contratos de tres meses, y si cada enero hay que reconstruir lo destruido en diciembre, ¿de qué empleo estamos hablando exactamente?