Un año en varias ETT sin una sola llamada: el paro que no sale en las estadísticas
Hay un currículum que lo tiene todo y no sirve para nada. Cursos de diseño gráfico, de instalador de frío y clima, de informática. Experiencia como teleoperador, vigilante y mozo de almacén. Más de un año apuntado en varias empresas de trabajo temporal. Cero llamadas. Ni para un día suelto, ni para un fin de semana, ni para cubrir una baja de última hora. Es el punto de partida de una discusión que lleva casi tres años coleando y que toca el nervio de media España: la sensación de que el mercado laboral se ha partido en dos y de que hay gente que ya no está en ninguno de los dos lados.
La respuesta mayoritaria no tarda en llegar: que haga las maletas. «España es un páramo laboral», resume el diagnóstico más repetido. Pero debajo de esa frase hecha hay un debate más incómodo sobre por qué las ETT no llaman, quién ocupa los puestos que sí se crean y cuánto de esto es culpa del empresario, del Gobierno o de un sistema que premia la antigüedad en la plaza y castiga al que empieza de cero.
Qué es una ETT y por qué ya casi nadie contesta al teléfono
Una empresa de trabajo temporal es el intermediario clásico para el empleo de baja cualificación: almacén, logística, hostelería, industria. El trabajador firma con la ETT y esta lo cede a la empresa que lo necesita. Durante años fue la puerta de entrada natural para quien no tenía contactos. Hoy, según los testimonios que se acumulan, esa puerta está atrancada.
El patrón que se repite es siempre el mismo: apuntarse, actualizar el currículum, esperar. Y nada. Hay quien sostiene que las ETT han dejado de ser un canal real de colocación y se han convertido en una base de datos donde tu perfil engorda el catálogo sin que nadie lo mire. Un participante cuenta que denunció a una de estas empresas y, desde entonces, dejó de recibir llamadas de ninguna. Puede ser casualidad o puede ser que el algoritmo te marque. Nunca lo sabrá.
Hay otra explicación que circula y que tiene más que ver con la economía sumergida que con la mala suerte: si el puesto se puede cubrir con alguien que entra por recomendación del encargado de turno, la ETT sobra. El enchufe, dicen, sigue siendo el método tradicional que funciona cuando el resto falla.
El cálculo del empresario: por qué contratar a alguien sale por 2.300 euros
Aquí el debate se vuelve aritmético. Un trabajador quiere cobrar 1.500 euros netos. Para que eso ocurra, el empresario no paga 1.500: paga bastante más. El desglose que se maneja en la conversación incluye el salario bruto, la cotización a la Seguridad Social a cargo de la empresa, los gastos de gestoría, el seguro de riesgos laborales y el riesgo de baja. La cifra que se repite es que un sueldo de 1.500 en nómina obliga a desembolsar alrededor de 2.300 euros. Y si el trabajador llega a través de una ETT, hay que sumar la comisión de la intermediaria, con lo que la factura se va por encima de los 3.000.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende a quien solo mira la nómina. La conclusión que extrae una parte es que el problema no es la falta de trabajo, sino el coste de contratar. La conclusión que extrae la otra es que ese coste es una excusa: los beneficios empresariales son mucho mayores que esos márgenes y la flota de coches en la puerta de la nave no se toca.
Cursos, carnés y experiencia: la trampa del que empieza
El amigo del caso inicial acumula formación. Diseño gráfico, instalador de frío y clima, informática. Y experiencia previa en tres sectores distintos. Ninguna de esas credenciales ha servido para que suene el teléfono. El patrón se repite en otros testimonios: terminas los cursos, no tienes experiencia, no te contrata nadie, y sin contrato no generas la experiencia que te piden.
A eso se suma la burocracia sectorial. Según el gremio, hacen falta cursos de manipulador de alimentos, de trabajo en altura, de prevención de riesgos. Cada certificado cuesta tiempo y dinero. Y cuando el candidato ya los tiene, deja de conformarse con el salario de entrada: quiere más. La espiral se cierra sola.
Hay quien apunta a un problema de expectativas. El trabajo existe, pero es incómodo, mal pagado y con horarios que no encajan. Ocho horas con la motosierra al hombro no compite con una oficina. Y en primavera, cuando arrancan las campañas de jardinería y desbroce, las empresas especializadas ya tienen todo reservado y no dan abasto. El problema no es que no haya tareas: es que hay menos brazos dispuestos a hacerlas en las condiciones ofrecidas.
Quién ocupa los puestos que sí se crean
Una de las derivadas más ásperas del asunto es el reparto de los empleos que efectivamente se generan. Se cita un dato que circula en prensa económica: alrededor del 40% de los puestos creados en España los ocupan trabajadores extranjeros, la proporción más alta de la serie histórica. En el último año, más de 200.000 personas de nacionalidad extranjera encontraron empleo, una cifra récord desde que hay registros de afiliación.
La lectura que se hace de ese dato varía según a quién se pregunte. Para unos, confirma que el problema del paro local no es la ausencia de vacantes, sino la competencia por ellas. Para otros, es la prueba de que el mercado funciona y de que quien no encuentra trabajo es porque no acepta las condiciones. En medio queda una realidad menos cómoda: los sectores que tiran del empleo —hostelería, reparto, logística ligera— son también los que menos pagan y los que más rotación tienen.
La salida: opositar, emigrar o aguantar
Las soluciones que se proponen en la conversación dibujan un país sin término medio. La más repetida es emigrar. La segunda, opositar: quien lo hizo después de años de ETT sin respuesta asegura que ahora tiene trabajo de por vida. La tercera es montarse por cuenta propia, aunque el coste de las cuotas de autónomos frena a más de uno que tiene habilidades y clientes potenciales pero no quiere pagar por facturar.
Y luego está la vía que nadie recomienda en voz alta pero que muchos practican: el contacto personal. Treinta años atrás, alguien estuvo apuntado a ETT sin que lo llamaran nunca. Encontró trabajo por el método tradicional, hablando con gente. Sigue siendo el canal que funciona cuando los demás fallan.
El cierre lo da un dato incómodo: mientras se discute si hay o no hay trabajo, el sistema sigue produciendo una generación de jóvenes más pobres que la anterior. Y nadie se mueve.