Reguetón a todo volumen: el conflicto playero que enciende los ánimos
Un bañista buscaba paz en una playa casi vacía. Se colocó a diez metros de la única persona cercana, entró al agua y al salir se encontró a una pareja a dos metros de sus cosas, con el móvil petando a todo trapo: «Te dejo mojaita, el sol te va a secar». La escena, narrada en primera persona, resume una tensión que cada verano gana enteros: la invasión del espacio público por altavoces portátiles y la impotencia de quien solo quiere silencio.
Cuando la playa se convierte en campo de batalla
El afectado optó por encarar a la pareja y pedirles que bajaran el volumen. Para su sorpresa, accedieron sin discutir. Pero la experiencia le dejó un poso amargo: «Contemplo que me acaben pegando un navajazo algún día», escribe, recordando incidentes previos. Otros usuarios señalan que la única alternativa real es la violencia o la resignación. «Pocas opciones van quedando que no requieran usar la violencia y que no terminen en cárcel o muerto», lamentan. La percepción de que la sociedad ha perdido el civismo es unánime: «Se ha perdido completamente el civismo», sentencian.
El perfil del ruidoso: ¿mala educación o provocación deliberada?
Algunos analistas distinguen entre el incauto que no es consciente y el que actúa con alevosía. «La gente miserable hace leña del árbol caído, se dirigen hacia ti como si no soportaran ver a alguien tranquilo», apuntan. La discusión se eleva a un diagnóstico sociológico: una sociedad donde el respeto al otro brilla por su ausencia y donde pedir disculpas se interpreta como debilidad. La música alta en espacios públicos es solo el síntoma de un mal más profundo.
Con todo, el verano sigue y las playas se llenan. Queda la reflexión de que, acaso, la guerra contra el reguetón a todo volumen está perdida de antemano. O, como ironiza uno de los comentarios, «si mueres luchando por no querer escuchar reguetón, Dios te perdona todos tus pecados».