Un experimento mide la asimetría del mercado de citas: 0 frente a 200
Un mismo hombre, dos perfiles y un cronómetro. En el masculino, doce horas se saldaron con cero «me gusta», cero matches y cero mensajes. En el femenino —mismo sujeto, imagen generada por una aplicación de intercambio de género—, bastaron menos de sesenta minutos para acumular 200 matches y 156 likes. Esos contadores, difundidos junto al experimento, han reabierto un asunto incómodo: la asimetría del mercado de citas no es una impresión subjetiva. Es un dato medible. Y enorme.
Qué mide de verdad el experimento
La comparación es tosca y aun así elocuente. El relato de referencia sostiene que una mujer sin nada excepcional, en una ciudad mediana o grande, puede reunir entre 15.000 y 20.000 «me gusta», mientras el perfil masculino equivalente se queda en dos o tres contactos. La diferencia relativa se ha llegado a cifrar en un 100.000% más de matches por el simple hecho de figurar como mujer.
Con esa base, la conversación deriva al terreno económico: oferta y demanda, costes de búsqueda y un exceso de demanda masculina que revaloriza cualquier perfil femenino. Se apunta a la hipergamia —preferencia por parejas de estatus superior— y se añade el cambio material: renta propia y protección social habrían hecho que la pareja deje de ser una necesidad económica. La tesis más dura sostiene que internet rompió el mercado, al ampliar el escaparate sin ampliar la reciprocidad.
Dónde se atasca el cálculo
El contraargumento es igual de simple: un perfil, una ciudad y una foto no son una muestra. La imagen elegida, el algoritmo y el sesgo de quien desliza la pantalla condicionan el resultado, y una conversión de género digital no replica la experiencia real. Detrás de las cifras queda un desacuerdo que no se cierra: si el desequilibrio nace de la preferencia, del diseño de la aplicación o de la economía de quienes las usan. Los números son los mismos para todos. Lo que se hace con ellos, no.