Un docente de catalán pide la baja por ansiedad: «Me decían viva Vox y viva la Guardia Civil»
Un profesor de catalán de un instituto ha pedido la baja por ansiedad después de que, según su propio relato, varios alumnos le faltaran al respeto con gritos como «estamos en España», «viva Vox», «viva la Guardia Civil» y «viva el Ejército». El caso, difundido a través de redes sociales, ha abierto un debate que va mucho más allá del aula: la pérdida de autoridad del docente, el uso de la lengua como arma política y la facilidad con la que se concede una baja médica cuando el conflicto es ideológico.
La escena no es aislada. En el material analizado se cruzan dos relatos opuestos. Por un lado, quien sostiene que el profesor es un «intolerante» que no soporta que sus alumnos no comulguen con su cuerda política y que utiliza la ansiedad como coartada para no trabajar. Por otro, quien defiende que la presión en el aula se ha vuelto insoportable y que la baja está justificada. En medio, una certeza incómoda: los adolescentes siempre han buscado irritar al profesor, pero ahora tienen munición política para hacerlo.
El relato del profesor y la respuesta del aula
El mensaje inicial reproduce el testimonio de un docente que atribuye su ansiedad a la «catalanofobia» de sus alumnos, a los que identifica como «castellanos». Esa etiqueta, por sí sola, ha encendido el debate.
Hay quien señala que ese término revela un nacionalismo excluyente que considera a los vecinos de toda la vida como extranjeros en su propia tierra. La respuesta de los alumnos —gritos de «viva Vox» y «viva la Guardia Civil»— se interpreta en ese marco como una provocación calculada, no como una convicción profunda.
La pregunta que sobrevuela es si un profesor debe tener autoridad para imponer silencio o si, por el contrario, su función es absorber la provocación sin quebrarse.
Un docente con veinte años de experiencia lo resume sin paños calientes: los adolescentes van a intentar irritar por activa o por pasiva, y si no puedes soportarlo, no vales para esa profesión. La baja, en ese sentido, se lee como una rendición.
La baja médica como campo de batalla
El caso ha derivado hacia un asunto más prosaico: el uso de la baja laboral.
Una parte del análisis sostiene que la ansiedad se ha convertido en un comodín para esquivar conflictos laborales que antes se resolvían de otra manera. Se argumenta que, si el problema es la falta de respeto, la vía debería ser la expulsión de los alumnos, no la retirada del profesor. Otros defienden que la salud mental es un motivo legítimo y que nadie debería aguantar un entorno hostil por vocación.
El dato que descoloca es que el profesor cobraría íntegramente durante la baja, mientras que un trabajador por cuenta ajena con menos de tres días de incapacidad temporal ve descontado ese tiempo de su nómina.
La asimetría entre funcionarios y asalariados ha sido uno de los puntos más repetidos: se percibe como un privilegio que agrava la sensación de agravio.
El catalán en la escuela: ¿inmersión o imposición?
El trasfondo lingüístico es inevitable.
Hay quien sostiene que el catalán se ha convertido en una asignatura impuesta que muchos alumnos perciben como una carga política más que como una herramienta útil. Se menciona que el aprendizaje del catalán es relativamente rápido para un castellanohablante, lo que alimenta la idea de que la resistencia no es académica sino identitaria. En contraste, se recuerda que en otras comunidades con lengua cooficial los resultados académicos y la brecha lingüística son aún mayores.
La experiencia de quienes crecieron en Cataluña en décadas pasadas aparece como contrapunto: se describe una época en la que la adaptación era mutua y no había necesidad de exhibir banderas.
El giro hacia la confrontación identitaria se sitúa en un momento posterior, cuando, según estos relatos, dejar de hablar catalán se convirtió en una forma de responder a la exclusión percibida.
Qué se juega el sistema educativo
Más allá del caso concreto, el episodio expone una crisis de autoridad que no distingue comunidades.
La falta de disciplina, las aulas convertidas en espacio de provocación y la sensación de que el profesorado está solo son problemas que aparecen en el análisis. Se apunta a que la respuesta institucional —bajas, expedientes o cambios de centro— no ataca la raíz: la ausencia de normas claras y de consecuencias reales para quien boicotea una clase.
El cierre lo da un dato incómodo: mientras se discute si el profesor es un héroe o un aprovechado, los alumnos que gritan «viva Vox» ya han conseguido lo que buscaban.
Han expulsado al profesor del aula sin tocarle un pelo. Y eso, en un instituto, se aprende rápido.