El 80-90% del ejército ucraniano ya no sería profesional
Ocho o nueve de cada diez soldados ucranianos en el frente ya no serían profesionales, según el cálculo que se sostiene en el debate. El punto de partida —el cálculo de un participante— se apoya en una aritmética incómoda: si al inicio de la contienda el ejército sumaba
200.000 hombres y la mitad eran profesionales, afirmar hoy que solo un
10 o 20% mantiene esa condición implicaría que el núcleo entrenado se ha diluido casi por completo. La proporción se habría invertido. De un ejército de cuadros se habría pasado a un ejército de reemplazos.
La afirmación no se presenta como certeza cerrada, sino como hipótesis con números detrás. Su corolario va en dos direcciones. Por un lado, se sostiene que Rusia
ni siquiera ha empleado el 25% de su capacidad, que conserva la industria militar intacta y que reserva el material moderno mientras envía al frente carros de combate de los años sesenta. Por otro, que Ucrania tapa los huecos con civiles movilizados a toda prisa. Dos relatos que chocan de frente y que llevan meses sin resolverse.
De 200.000 soldados con medio ejército profesional a un 10 o 20%
El razonamiento parte de una foto fija. Si Ucrania arrancó con 200.000 efectivos y la mitad tenía formación profesional, el porcentaje actual implicaría una sangría de cuadros difícil de disimular. Los números que se manejan apuntan a que Rusia nunca superó en efectivos a las tropas ucranianas, lo que, según esta lectura, le deja margen para
duplicar su contingente —un 40 o 50% más— sin necesidad de llamar a filas. Es la tesis del golpe demoledor que se guarda en la recámara.
La duda se cuela por el otro extremo. Hay estimaciones que rebajan el ejército ucraniano a decenas de miles de soldados. El coronel Douglas MacGregor, citado en el hilo, lo dejó caer con una frase que se repite: a Ucrania le quedan entre
40.000 y 60.000 soldados, y la supuesta gran mentira acabará saliendo a la luz. Si esa cifra fuera cierta, el mapa del frente no aguantaría mucho más. Y ahí empieza el problema.
La contraofensiva que desmonta la tesis del desgaste
Porque el terreno cuenta otra cosa. El ejército ucraniano
ha recuperado territorio en Jersón y Jarkov, y eso obliga a explicar cómo una fuerza supuestamente diezmada sigue empujando. La respuesta más repetida es que se trata de un repliegue táctico ruso: ceder terreno para reagruparse y golpear después. La segunda es que ese ejército ya no es el que era, sino una amalgama de reemplazos sostenida desde fuera.
Ninguna de las dos se puede comprobar desde una pantalla. Lo que sí se observa es la paradoja temporal: la tesis del agotamiento ucraniano se formuló hace meses y, desde entonces, Ucrania ha avanzado en dos frentes. O el diagnóstico era prematuro, o el terreno ganado no refleja la capacidad real de combate. El análisis se queda atascado exactamente ahí.
El cálculo de bajas que nadie termina de cuadrar
Las pérdidas ucranianas son el nudo de la discusión. Un forero cifra las bajas ucranianas en
120.000 entre muertos, heridos y prisioneros. Otro asegura que el presidente ucraniano habría reconocido unas
2.500 bajas diarias. Y aparece un detalle que se cita como prueba visual: vídeos de hombres de 50 y 60 años en filas.
Sobre el papel, la aritmética cuadra. En la práctica, nadie se pone de acuerdo. Hay quien replica que las pérdidas rusas son igual de severas —o mayores— y que el avance ruso se ha vuelto más lento precisamente por eso. La cifra se convierte así en un pulso: cada bando la usa para sostener lo contrario. Y ninguno publica la suya.
¿Se puede convertir a un civil en soldado en dos meses?
Aquí el análisis se rompe en dos escuelas. Una sostiene que la instrucción de un reemplazo apenas necesita unos
tres meses de formación básica, y que un no profesional adquiere en dos minutos de combate la experiencia de años de un veterano. La otra lo duda con dureza: no se fabrican buenos soldados en dos meses, ni física ni psicológicamente, y menos cuando toca defender bajo fuego.
En medio queda el criterio que casi nadie discute: lo decisivo es
seleccionar bien los mandos intermedios, rescatando a los antiguos profesionales y a los más despiertos de cada reemplazo. Como prueba de que esto no es nuevo, se apela a la historia: la resistencia de la infantería napoleónica, las cargas en Gettysburg o las trincheras del Somme. Libros como
El rostro de la batalla, de John Keegan, se citan para preguntar cuántos soldados actuales aguantarían horas en formación cerrada mientras a su lado les revientan a cañonazos. La respuesta, se sugiere, incomoda.
El desgaste también es del que mira
La conversación no es solo militar. Hay un coste que se cuela por la puerta de atrás: el diésel, el gas y el apoyo sostenido al envío de armamento. Una parte del debate sostiene que buena parte de quienes respaldan esos envíos se declararían objetores si algún día les llamaran a filas, y que la factura energética acaba en el bolsillo del ciudadano. La discusión sobre la guerra deriva hacia la discusión sobre
quién soporta el precio.
Y en el tramo final aparece el cansancio. Uno de los participantes más insistentes anuncia que deja el tema:
la guerra me saca de quicio, admite, y reconoce que ha perdido el hilo. Es el síntoma de un debate demasiado largo. Con Jersón y Jarkov recuperados y una retirada rusa de por medio, la pregunta sigue en el aire: si la tropa ucraniana ya no es profesional, ¿de dónde salen las fuerzas para avanzar; y si lo es, de dónde las cifras de bajas? Ahí, y no en otro sitio, se atasca todo.