Un 100 en violín no salva el C1 de gallego: la plaza, para otra
¿Se puede firmar un 100 sobre 100 en la prueba de violín de una oposición y quedarse sin la plaza? En Galicia, sí. Acreditar el
C1 de gallego es requisito previo y, sin ese papel, la nota perfecta no abre la puerta: el puesto se lo lleva otro aspirante. Para buena parte de quienes participan en el debate, no es un despiste burocrático ni un caso aislado: es el funcionamiento ordinario de un sistema de selección que coloca el idioma por delante del criterio profesional, y que deja la última palabra a quien interprete la norma.
La convocatoria se apoya en la ley. La ley, a la vez, entrega el argumento para discutirla.
¿Qué dice el Estatuto de Galicia sobre el idioma?
El Estatuto de autonomía gallego dedica su artículo 5 a la cuestión. Declara el gallego lengua propia de la comunidad, fija que gallego y castellano son oficiales y añade dos mandatos que, llevados al extremo, se estorban entre sí: los poderes públicos
potenciarán la utilización del gallego en todos los órdenes de la vida pública, cultural e informativa, y
nadie podrá ser discriminado por razón de la lengua.
De ahí sale el nudo. Una parte de la conversación lee en el primer punto la cobertura legal del requisito, sin el cual —se argumenta— la normalización del idioma nunca avanza. Otra se agarra al cuarto y sostiene que la resolución es
inconstitucional y contraria al propio Estatuto, y pide impugnarla. Un texto que ampara las dos lecturas es la manera más elegante de no resolver ninguna.
Y mientras el tribunal no diga lo contrario, el filtro sigue donde estaba: en la casilla del certificado.
De Cataluña a Baleares: el mismo filtro con otro acento
El patrón se repite en el resto del Estado, con años de diferencia y envoltorio distinto. En Cataluña la exigencia de un nivel C de catalán no es ninguna novedad: según el relato de un participante,
dos años de estudio se le fueron a una opositora llegada de Galicia para poder presentarse a una plaza de la administración de justicia. En sentido contrario, según esa misma versión, no constaba requisito simétrico: un opositor catalán podía presentarse en Galicia sin acreditar gallego. Esa asimetría es la que se repite en el resto del relato.
En Baleares, según otro comentario, la barrera aparece en las convocatorias sanitarias, donde se ha exigido el catalán a los médicos. En Euskadi, según otro relato, alcanza a la formación profesional, con el
C1 de euskera como puerta de entrada incluso para impartir docencia en castellano: quien lleva dos décadas en un taller se queda fuera y el aula la ocupa un titulado recién licenciado, con la teoría fresca y la práctica por estrenar.
A esto se suma el miedo al efecto dominó. Si cada comunidad con lengua cooficial impone su certificado, el opositor español acaba necesitando una colección de títulos para moverse por su propio país. La lectura optimista dice que un idioma se aprende. La otra responde que un examen de idioma no mide si alguien sabe enseñar, y que la factura la paga el alumno que se queda sin el mejor profesor disponible.
El gallego que se habla en Zamora y el de la oposición
Hay una derivada que descoloca a quien mira el mapa: el gallego se habla y se reivindica más allá de la frontera administrativa. En las Portelas, en la Alta Sanabria zamorana, hay demanda de su uso, y hay quien sostiene que la variedad más cantarina se conserva en un pueblo de Zamora. La lengua no coincide con la comunidad autónoma. El requisito, tampoco con su uso real.
A eso se añade la constatación de la riqueza léxica. Donde el castellano dice barro, el gallego distingue barro y lama. Donde dice celos, separa zelo, cio y ciúme. Tiene segredo frente a secreto, areia frente a arena. Es una lengua viva, con matices que ningún certificado recoge. Y luego está el formulario, que solo pregunta una cosa: si el sello está o no está.
Meritocracia, anglicismos y la fuga que se anuncia
El fondo del asunto es de mercado laboral. Si el requisito pesa más que la prueba práctica, el mensaje que recibe el candidato es que su talento es lo accesorio. Hay quien lo resume con retintín: su fallo fue creer que lo importante era ser buena. Y hay quien enlaza el caso con la fuga de talento, el goteo de profesionales formados aquí que acaban trabajando fuera.
Aparece también una paradoja lingüística que nadie cierra: se blindan lenguas de recorrido autonómico mientras el inglés se impone como lengua global de la modernidad y del pensamiento único. El mismo sistema que exige un C1 de gallego a una violinista considera imprescindible el inglés para todo lo demás.
Y una derivada con ironía propia: la queja por los anglicismos encubiertos del español de oficina.
Aplicar por solicitar, rentar por alquilar, topar, linkar, deployar, tradear. Exigir un certificado autonómico mientras el vocabulario profesional se importa en inglés tiene su gracia.
En el plano político, la discusión deriva hacia el cálculo electoral: qué formación tocaría el requisito y cuál lo dejaría intacto. Ninguna de las dos cosas ha ocurrido, lo que convierte la predicción en un ejercicio de fe.
Al final, la pregunta no es si una profesora de violín debe saber gallego. Es si quien exige el certificado está pensando en el alumno, en el idioma o en la casilla. La plaza quedó cubierta. Con nota o sin ella, eso ya no lo comprueba nadie.