El nuevo Filomena que nunca llegó
La mitad este del país se preparaba para un episodio de nieve histórica: entre
20 y 50 centímetros acumulados,
15 en Madrid y hasta
20 por Elda y la zona de Alicante, con lo más gordo en la serranía ibérica. El balance posterior que se hizo en el hilo fue otro: la nieve no llegó siquiera a la sierra y la predicción se convirtió en chiste recurrente. La nueva
Filomena se quedó en una
mortadela. ¿Cómo se desvanece sin rastro un pronóstico tan concreto?
Qué anunciaba la previsión para el martes y el miércoles
El escenario difundido hablaba de nevadas de las que hacen época en la mitad este peninsular. Los acumulados citados iban de
20 a 50 centímetros, con
15 en la capital y hasta
20 en el corredor de Elda y el Vinalopó. Pocos días antes, la expectación era máxima entre aficionados a la meteorología.
En paralelo se citaba al modelo
GFS, el estadounidense, que situaba lo grueso en el eje Zaragoza-Alcañiz, con más frío hacia el oeste pero menos precipitación y problemas de cota para la capital maña. La referencia a la
laponia española para la serranía ibérica cerraba un cuadro que, sobre el papel, prometía una semana de titulares.
¿Por qué falló el pronóstico del nuevo Filomena?
La contestación más repetida llegó el mismo día en que debía nevar: no había nevado. El resumen que circuló fue demoledor —
no ha nevado ni una mierda comparado con lo anunciado hace una semana, se llegó a escribir— y las comparaciones con los modelos numéricos arreciaron. Los fallos en plazos superiores a dos días fueron el blanco principal de las críticas.
Otros apuntaron al exceso de épica con que se comunican estos episodios, con nombres propios para cada borrasca —una práctica que también generó rechazo: antes era simplemente una borrasca o un anticiclón.
Filomena como vara de medir: cifras dispares
La memoria del episodio bautizado como Filomena funcionó como termómetro de la frustración. Unos recordaron que
la previsión era de 15 centímetros y cayeron 50; otros subieron la cifra a entre
30 y 50 según datos oficiales, y algún testimonio directo hablaba de tener que cavar con pala para salir de casa, con cerca de metro y medio acumulado y una semana con los coches sin mover.
Ahí está la paradoja que nadie cierra: el mismo sistema que anticipó de menos una nevada colosal falló de más en otra. Y entre medias quedó la sensación de que el relato previo se infla y luego se descarga la culpa sobre el ciudadano por no llevar raquetas.
El GFS movió la nieve y el agua sigue sin cuadrar
El pronóstico más detallado desplazaba la nevada a Zaragoza y Alcañiz, dejando a Castellón y buena parte del litoral literalmente fuera del mapa. La franja mediterránea, decían, seguiría sin ver caer nada relevante. También se apuntó que el calor acumulado venía de un invierno suave y que eso no auguraba nada bueno para el verano.
El agua, como siempre, acabó monopolizando el fondo del asunto. La queja recurrente: los embalses del norte con las compuertas abiertas durante meses mientras los del resto del país siguen vacíos. La conclusión que se repite es que sin un plan hidrográfico de ámbito nacional —atribuido al problema de los
reyes de taifas y a la arquitectura autonómica— el agua sobrante de una cuenca no puede aliviar la sequía de otra.
Jorge Rey y los métodos tradicionales frente al modelo
La figura del joven meteorólogo que, según se afirmó en el hilo, anticipó el episodio con métodos tradicionales, sin modelos numéricos, apareció como contrapunto. Sobre él planea la misma sospecha que sobre los sistemas convencionales: acertar una vez no convierte a nadie en infalible. La encumbración de un acierto puntual y el olvido de los fallos anteriores fue, para muchos, el resumen perfecto de cómo se construye una reputación en internet.
El cierre del episodio dejó frío real, cielos cubiertos y ninguna nevada. Y una pregunta abierta: si un pronóstico a una semana tiene el mismo valor predictivo que una corazonada, ¿por qué seguimos organizando la expectación —y el miedo— en torno a él?
Los modelos numéricos fallaron, el frío llegó y la nieve se quedó a medio camino. La discusión sobre la sequía, los trasvases y las competencias autonómicas sigue abierta en el fondo.