Biden devuelve tropas a Somalia tras la retirada de Trump
La última vez que Estados Unidos salió de Somalia lo hizo por decisión de Donald Trump. Año y medio después, la Administración Biden ha ordenado el envío de cientos de soldados para combatir a Al Shabab, la filial de Al Qaeda en el Cuerno de África, y ha acelerado los ataques aéreos:
al menos seis desde el 3 de junio, según el recuento que publica
Long War Journal. Desde el foro se subraya que la operación no ha necesitado permiso de la ONU ni ha recibido la etiqueta de invasión.
¿Quién es Al Shabab y por qué vuelve el ejército estadounidense?
El grupo es responsable de lapidaciones en territorio somalí y del atentado cometido durante la final del Mundial de 2010 en Uganda, con
al menos 76 víctimas mortales, en respuesta a la presencia de soldados ugandeses integrados en la misión de paz de la Unión Africana. Sobre el historial no hay discusión. Sobre la conveniencia del despliegue, sí.
La retirada la firmó Trump; la vuelta la firma Biden, con el argumento oficial de contener el yihadismo. El problema es que la misma etiqueta antiterrorista sirvió para justificar la salida y para justificar el regreso. Se retiran los soldados y se retiran también las explicaciones.
Uranio, gas natural y la puerta del mar Rojo
Somalia acumula reservas documentadas de uranio, mineral de hierro, estaño, yeso, bauxita, cobre, sal y gas natural. Los datos atribuidos a la CIA hablan de
5.663 millones de metros cúbicos de reservas probadas de gas. Y encima está la posición: ese tramo controla la entrada y salida del tráfico marítimo que enlaza el Mediterráneo, el canal de Suez y el mar Negro.
Con ese mapa sobre la mesa, hay dos relatos. Uno sostiene que Washington solo persigue al yihadismo. Otro responde con la lista de minerales y con una pregunta incómoda: por qué se destinan cientos de soldados a un país que no comparte frontera con Estados Unidos, y por qué se activa ahora y no cuando el grupo golpeaba en la región. Añádase un tercer elemento: hay quien sostiene en el hilo que el movimiento busca hacer un dique de contención a la presencia china en la zona, extendida sin disparar un tiro.
Once portaaviones y un dólar que hay que sostener
El despliegue alimenta el argumento clásico de que la maquinaria militar estadounidense no está diseñada para la defensa de su propio territorio. Con
once portaaviones y sus flotas, sostiene esa lectura, no se vigilan costas propias. La exportación de capital y la penetración en economías ajenas, escribió Lenin en
El imperialismo, fase superior del capitalismo, es lo que define esa fase: el ejército aparece donde están los recursos.
Una publicación crítica ha puesto cifra al balance:
más de 20 millones de muertos en 37 países víctima desde la Segunda Guerra Mundial, frente a los 15 millones de la Primera. Son estimaciones de parte, no un censo oficial. Pero el dato circula y ayuda a entender por qué esto no se lee como una operación de paz.
Sanciones para Moscú, silencio para Washington
La comparación se impone sola. Rusia mueve tropas a un país vecino y recibe paquetes de sanciones, veto bancario y reprobación institucional. Estados Unidos envía cientos de soldados a miles de kilómetros y, según se subraya en el hilo, ni Bruselas ni la ONU han abierto trámite alguno.
Hay quien describe esa asimetría como fruto de una relación de dependencia: Europa actuaría como sucursal de Washington y no como árbitro. Es una tesis incómoda y muy repetida.
Al Shabab seguirá en el centro del argumentario oficial. Lo que queda por ver es si alguien en Bruselas o en Nueva York se molesta en formular la pregunta que el despliegue evita: cuánto tiempo pasará antes de que otro presidente ordene retirar lo que este envió.