44.400€ brutos: 2.691€ netos en España y 2.238€ en Portugal
Un sueldo bruto de 44.400 euros anuales repartido en doce pagas deja
2.691 euros netos al mes en España. El mismo sueldo, en Portugal, deja
2.238 euros. La diferencia ronda los 450 euros mensuales y no nace de un IRPF nominalmente más alto, sino de dónde coloca cada sistema la carga: en la nómina del trabajador o en la cuenta de la empresa.
Ese es el punto de partida del cálculo que originó la comparación: sin deducciones, sin cotizaciones y con la vista puesta en la retención. El paso siguiente fue mirar el otro lado del recibo. Y ahí el desacuerdo se hizo grande.
Qué paga la empresa por encima del bruto
En España, el coste empresarial de un asalariado se descompone en un
goteo de conceptos que suma un
32,60% sobre el bruto: contingencias comunes (23,60%), contingencias profesionales (1,50%, variable según actividad), desempleo (6,70%), formación profesional (0,60%) y Fogasa (0,20%). Aplicado a un bruto de 44.000 euros, el desembolso mensual de la empresa se coloca en
4.862 euros para que al empleado le lleguen 2.691 netos.
El matiz importa: la base de cotización española
se corta en torno a los 53.000 euros. Por encima de ese techo, las cotizaciones patronales pierden peso relativo y un salario muy alto acaba costando porcentualmente mucho menos que uno medio. Con 150.000 euros, la aportación empresarial se queda por debajo del 10%.
Portugal funciona al revés en el reparto. La empresa pone menos por encima del bruto, pero la contribución social portuguesa
ataca todas las rentas desde el primer euro, incluso sin llegar a los tramos de IRPF. Traducido: el coste total se parece, el reparto no. El cálculo completo, partida a partida, da diferencias que sorprenden a quien solo mira la nómina.
El error de las doce pagas: la comparación se hizo con catorce
Aquí llega la corrección que desmonta la primera comparación. El número de partida mezclaba bases distintas. Un coste mensual declarado de 4.578,75 euros multiplicado por doce da 54.945 euros; multiplicado por catorce,
64.102,50. La cifra original se había construido sobre catorce pagas.
Con
peras y peras, el coste laboral de un salario de 44.400 euros en España se queda en
57.720 euros. Trasladado a Portugal con ese mismo coste, el bruto resultante sería de
46.642,40 euros. Y los netos: 32.292 euros anuales en España (los 2.691 euros de doce pagas) frente a
28.741,72 euros en Portugal, que en doce mensualidades son unos 2.395.
Sigue ganando España para el asalariado. Por menos margen del que parecía al principio, pero gana.
Por qué el IRPF portugués aprieta antes
El tipo alto portugués no es una rareza estadística. Los tramos altos
empiezan antes que en España, de modo que rentas medias-altas caen en escalones que aquí corresponden a sueldos superiores. Se suma la naturaleza de la contribución social: al no ser un impuesto, grava desde el primer euro sin mínimos exentos generosos.
Una advertencia que conviene hacer: cuando se habla de que la hacienda portuguesa se lleva el 37% de lo que cuesta un trabajador, se está citando
el tipo marginal, no el tipo medio. La diferencia entre ambos explica buena parte del ruido. Sobre esa base se ha llegado a estimar que trasladar a España un punto de contribución social recaudaría más de 6.000 millones, y un 3% rondaría los 18.000 millones.
En ganancias de capital, España mantiene ventaja clara: los tramos van del
19% al 23%, mientras que en Portugal la tasa única es del
28%.
Lo que cuesta vivir allí: la letra pequeña de la nómina
Un neto más alto no equivale automáticamente a vivir mejor. La compra diaria está
a la par o por encima que en España, la luz apenas es más barata y la gasolina sale más cara. En las ciudades, los alquileres rondan un
10% menos que los españoles, y
con suerte. Con ese sueldo en Portugal se es más pobre, sostienen quienes han hecho las cuentas sobre el terreno.
El gasto silencioso está en las tasas: peajes en autopistas y autovías, zonas azules que cubren casi todo Oporto y Coimbra con control cada dos horas, y aparcamientos privados que salen más baratos que la calle. En España, la cuenta anual aproximada incluye el IBI (200 euros), carburantes y energía (400), impuesto de circulación (90), aparcamiento municipal (90), ITV (60) y peajes (100).
También hay quien apunta al otro lado de la balanza: los regímenes fiscales especiales portugueses, con
cinco años de exención para perfiles llegados de fuera, explican que muchos trabajadores extranjeros no hayan elegido el sistema español. La nacionalidad española, en cambio, exige diez años de residencia y un examen previo.
El espejo europeo: Suiza, Bélgica y Dinamarca
Llevada al extremo, la comparación rompe. Un salario de 63.360 euros cuesta a la empresa unos
86.000 euros en España y deja un neto de 3.668 al mes; en Suiza, el mismo sueldo cuesta
81.800 euros y el neto sube a
4.500. Parece una goleada suiza.
No lo es tanto. Ese salario en Suiza es bajo, casi
de entrada, mientras que en España duplica la media. Con ese bruto, el neto español supone el 69% del bruto. Comparar con el equivalente suizo real exige mirar qué cubre cada sistema: allí la sanidad y la pensión se pagan aparte.
El mapa lo cierra Bélgica, con la cuña fiscal más alta del continente, y Dinamarca, donde casi no hay cotizaciones pero el IRPF medio ronda el
30% y sube hasta el 45% con facilidad. En Francia y Alemania, quien cobra el salario mínimo paga entre el 18% y el 22% en su nómina; en España, solo cotizaciones.
Con estos números, la conclusión provisional es incómoda para las dos narrativas: España trata mejor al asalariado medio y peor al que paga nóminas altas, y Portugal hace lo contrario. Si el diferencial de 2.691 frente a 2.238 euros mensuales se mantiene, cabe esperar que el flujo de profesionales hacia el país vecino no se acelere por motivos fiscales, sino por otros. Aunque con los regímenes especiales de por medio, la predicción viene con
trampa.