Gasolina por encima de 1,70 € y el diésel desbocado
La gasolina de 95 ha vuelto a superar los 1,70 euros por litro en las estaciones de servicio y el
diésel, que siempre fue el combustible barato, le pisa los talones hasta casi igualarlo. En una gasolinera abanderada de Repsol en León se pagaba a 1,57 euros el litro de gasóleo; en una Cepsa, la 95 marcaba 1,79 y el diésel 1,74. El petróleo ronda los 87 dólares el barril y la producción baja. Con esos mimbres, el cesto lo paga el conductor.
Lo llamativo no es el precio. Es el silencio. Ni manifestaciones, ni huelgas de transportistas, ni el ruido mediático de otras causas. El verano y las vacaciones amortiguan el cabreo, pero el otoño no ha traído el alivio habitual: en octubre, cuando históricamente los surtidores se relajaban tras la vuelta de las vacaciones, el diésel ha seguido subiendo.
Cuánto de cada litro se lo queda el Estado
El desglose es tozudo. La gasolina soporta un 52% de impuestos y el diésel un 48%. Traducido: de cada 50 euros que se meten al depósito, 25 van a las arcas públicas. Por cada litro de gasolina a 1,70 euros, el fisco se lleva 88 céntimos. No es una opinión, es aritmética de surtidor.
Hay quien sostiene que el problema no es solo fiscal. El diésel ha perdido su ventaja histórica: la diferencia con la gasolina se ha estrechado hasta cinco céntimos, y en algunos surtidores ya se ven ambos combustibles casi empatados. El diésel, que siempre fue el patito feo de los impuestos, se ha desbocado. Y con el invierno a la vuelta de la esquina, la presión sobre el gasóleo de calefacción y transporte añade leña al fuego.
El cálculo completo, desglosado litro a litro y depósito a depósito, deja una diferencia que sorprende a poco que se haga la cuenta con el consumo real de un coche viejo en ciudad.
Por qué el diésel ya no es más barato que la gasolina
El diferencial entre ambos combustibles se ha comprimido hasta límites que no se veían en años. En una estación de León, el gasóleo marcaba 1,57; en una Cepsa, la 95 a 1,79 y el diésel a 1,74. Solo cinco céntimos separan lo que antes era una brecha de veinte. La causa que se apunta en los análisis: los recortes de suministro de diésel por parte de los productores internacionales y la llegada del invierno, que dispara la demanda de gasóleo para calefacción.
El resultado es una paradoja incómoda. El diésel tiene menos carga fiscal que la gasolina —48% frente a 52%— y, sin embargo, está a punto de superarla en precio de surtidor. Quien compró un diésel para ahorrar se encuentra con que el ahorro se ha esfumado. Y quien tiene un coche viejo de gasolina, con consumos de 15 litros en uso mixto y hasta 20 en ciudad, ve cómo llenar el depósito se convierte en un ejercicio de fe.
El surtidor barato como tabla de salvación
La horquilla entre gasolineras es real y medible. Entre repostar en una estación de marca y hacerlo en una low cost puede haber 10 euros de diferencia por depósito. En un Alcampo se pagaba la semana pasada la 95 a 1,62; en Ballenoil, a principios de 2021, se repostaba a 0,999 euros el litro. Hoy, ese mismo litro supera los 1,70 en muchas zonas. La subida acumulada ronda el 50% en apenas dos años.
La pregunta que sobrevuela es si merece la pena el surtidor barato. La respuesta que dan quienes lo usan a diario: sí, y sin dramas. La diferencia de calidad no se nota en el bolsillo, pero la de precio sí. En Andorra, el gasóleo se pagaba a 1,26 euros hace dos días, con garrafa de reserva incluida. La geografía del precio dibuja un mapa de agravios que nadie discute en voz alta.
El silencio social que nadie explica del todo
Aquí está el fenómeno que descoloca. Con el combustible al alza, los supermercados por las nubes, la luz disparada y las hipotecas apretando, las calles no arden. Se argumenta que el español tiene las tragaderas más grandes del planeta: no solo se traga el sapo, lo paladea. Otros apuntan a la resignación aprendida tras años de «que viene el lobo» que nunca llegó. Y una tercera corriente sostiene que el cabreo se canaliza hacia otras causas, no hacia el precio del litro.
Lo cierto es que las carreteras siguen llenas, las terrazas no se vacían y los apartamentos de playa se reservan con meses de antelación. El consumo no cae. La queja tampoco sube. Es un equilibrio extraño: el bolsillo se resiente, pero la vida no se detiene.
Hacia dónde va el precio del combustible
El petróleo a 87 dólares y la gasolina por encima de 1,70. Si el barril pasa de 100, la pregunta es a cuánto se pagará el litro. Las previsiones que circulan apuntan a que la gasolina de 98 ya está a 2 euros en algunas estaciones de marca, y la 95 a 1,90. Con un consumo medio de 10 litros a los 100 kilómetros en ciudad, 20 euros darán para 100 kilómetros. La cuenta redonda asusta.
El problema no es solo el precio de hoy. Es la tendencia. El diésel ha pasado de ser el combustible económico a coquetear con la gasolina. Los impuestos no bajan. La producción no sube. Y el invierno aprieta. Con estos mimbres, el cesto lo sigue pagando el mismo.
El análisis se atasca en un punto incómodo: si el precio sube, el consumo no cae, y si el consumo no cae, el mercado no da señales de corrección. Nadie sabe cuándo se rompe esa cuerda.