Rosalía y el móvil: críticas por grabarse en el concierto
Un vídeo de asistentes a un concierto de Rosalía grabándose a sí mismas con el flash encendido ha desatado una tormenta de críticas que va mucho más allá de la música. La escena, captada y difundida en redes, muestra a jóvenes —mayoritariamente mujeres— con el teléfono en alto, iluminando sus propios rostros mientras el espectáculo ocurre, en teoría, en el escenario. La paradoja que señalan algunos comentarios es evidente: se menciona que pagan una entrada que ronda los 95 euros para no mirar lo que han ido a ver.
El fenómeno no es nuevo, pero la intensidad con que se manifiesta en la era de las redes sociales ha encendido todas las alarmas. Lo que antes era una foto furtiva o un vídeo de diez segundos, hoy es una performance paralela en la que el concierto es solo el decorado. La pregunta que sobrevuela el asunto no es por qué graban, sino qué queda del directo cuando la experiencia se diseña para ser exhibida, no vivida.
El precio de la entrada y la paradoja del postureo
El coste de una entrada para el concierto de Rosalía ronda los 95 euros, según se desprende de los comentarios recogidos. Ese dato, lejos de ser anecdótico, revela la magnitud de la contradicción: se paga una suma considerable por un evento que, para una parte del público, parece tener como función principal generar contenido para redes sociales. Hay quien sostiene que el verdadero valor de la entrada no está en la música, sino en la validación social que otorga haber estado allí.
La crítica más repetida apunta al narcisismo digital: los asistentes se graban a sí mismos, con el flash encendido, para demostrar que estuvieron en el concierto. El espectáculo se convierte en un fondo de pantalla para el propio protagonismo. Quienes defienden esta práctica argumentan que se lo pasan bien y que cada cual vive la experiencia como quiere; enfrente, la réplica es que esa forma de «vivir» el concierto lo vacía de contenido.
¿Por qué se graban con el flash encendido en un concierto?
La respuesta corta es que buscan iluminarse a sí mismas para que se las vea en el vídeo. No es un gesto para captar mejor el espectáculo, sino para asegurarse de que la propia imagen queda registrada. El flash, en un recinto oscuro, convierte al asistente en el punto de luz principal. El concierto pasa a ser un plató.
Este comportamiento se ha convertido en un patrón generacional. Las redes sociales han transformado la asistencia a eventos masivos en una suerte de obligación documental. No basta con ir: hay que demostrar que se fue. Y la forma más eficaz de demostrarlo es un vídeo en el que uno mismo aparezca, aunque sea a costa de renunciar a ver lo que ocurre en el escenario.
El desprecio hacia la música en directo
Más allá de la anécdota, el episodio ha reavivado un debate sobre el valor de la música en directo. Rosalía, como fenómeno de masas, concentra todas las tensiones: hay quien la considera una artista de primer nivel y quien la califica de producto comercial sin sustancia. La discusión sobre su calidad musical se mezcla con la crítica al comportamiento del público.
Lo llamativo es que la polémica no se centra en la cantante, sino en quienes la escuchan. La escena de las jóvenes grabándose ha sido interpretada como síntoma de una época: la del espectador que se convierte en emisor, aunque no tenga nada que decir. El concierto, en ese esquema, es solo una excusa para alimentar el propio escaparate.
Las redes sociales como nuevo escenario
El vídeo del concierto de Rosalía es un ejemplo perfecto de cómo las redes sociales han reconfigurado la experiencia cultural. Lo que ocurre en el escenario compite, en igualdad de condiciones, con lo que ocurre en la pantalla del móvil. Y a menudo pierde. La asistencia a un evento se mide por su capacidad de generar contenido, no por el disfrute del momento.
Algunos análisis señalan que este fenómeno no es exclusivo de los conciertos: se extiende a museos, restaurantes, viajes y cualquier experiencia susceptible de ser exhibida. La vida social se ha convertido en una sucesión de pruebas documentales. La crítica más ácida apunta a que esta dinámica empobrece la experiencia: se recuerda más lo que se publicó que lo que se vivió.
El debate generacional: ¿es solo cosa de jóvenes?
Aunque la escena captada muestra a mujeres jóvenes, el fenómeno del postureo digital no entiende de edades. La discusión ha derivado hacia un juicio generacional que simplifica el problema. Hay quien sostiene que las generaciones anteriores hacían algo similar con cámaras de fotos o videocámaras, aunque sin la capacidad de difusión instantánea. La diferencia no es el gesto, sino el alcance.
La conversación también ha tocado el papel de las mujeres en este tipo de eventos. Algunos comentarios han derivado hacia generalizaciones sobre el comportamiento femenino que no se sostienen. El hecho de que la mayoría de las personas grabándose sean mujeres no autoriza a extraer conclusiones sobre el conjunto. El fenómeno es de comportamiento digital, no de género.
¿Qué queda del concierto cuando todos graban?
La pregunta sobrevuela el episodio sin respuesta clara. Si el público asiste para grabarse, el concierto se convierte en un decorado. Si el decorado es lo de menos, la música pierde su función central. Y si eso ocurre, ¿qué sentido tiene pagar 95 euros por una entrada?
La paradoja es que el propio vídeo que ha generado la polémica es, a su vez, un producto de la misma lógica que critica. Alguien grabó a las que grababan. La cadena de exhibición no tiene fin. Y mientras tanto, el concierto, lo que ocurría en el escenario, quedó en segundo plano. ¿Alguien se acuerda de la música?