Ser soltero sale más barato: menos gastos y ninguna norma ajena
Hay quien gana
62.000 euros al año y lo esconde de todo el mundo, su expareja incluida, para que nadie haga cuentas con su dinero. No es un alarde aislado: es el argumento económico que recorre una de las discusiones más largas sobre las ventajas de ser soltero. Cocinar para uno, limpiar menos y no dar explicaciones de nada a nadie. La lista empieza por lo doméstico y termina, casi siempre, en la cartera.
La premisa es sencilla. La convivencia impone normas que nadie ha elegido, y quien vive solo se adecúa a sus propias reglas: no negocia el lavavajillas, ni la lavadora de los domingos, ni el orden de la cocina. Se aplaza la fregaza, se limpia cuando apetece. Parece una tontería, y quienes lo han vivido sostienen que es justo lo que se rompe al compartir techo.
Qué se ahorra de verdad viviendo solo
El
ahorro no viene del alquiler, que no baja, sino del gasto que se evapora. Sin pareja desaparecen los compromisos sociales obligatorios, los regalos, los detalles pautados y las felicitaciones de compromiso. Un resumen tajante lo deja claro:
se ahorra dinero y no se da ninguna clase de explicación. En la práctica es un recorte de esa cesta de la compra invisible que forman los viajes impuestos y los caprichos que, al final, siempre paga uno.
El desglose más detallado apunta en la misma dirección. Hay quien sostiene que el miembro que aporta la mayor parte de los ingresos apenas disfruta de los gastos comunes, y otro cálculo fija en un
0,5% anual el gasto en ropa frente al total del hogar. El dinero no es tanto el problema como su administración cuando hay dos personas negociando cada partida. El desglose completo, partida a partida, da diferencias que sorprenden a quien nunca ha echado la cuenta.
El tiempo, la otra moneda de cambio
Más allá del bolsillo, el activo más citado es el tiempo. Dormir sin interrupciones, pasar días enteros sin plan, disfrutar del silencio, vestir como a uno le da la gana. La libertad aparece por delante de todo:
poder cambiar de vida en cuestión de minutos, hacer los planes que uno quiera, no rendir cuentas. El resumen de uno de los testimonios es tajante: no es rico, pero para ciertas cosas hace vida de rico.
El reverso es el conflicto doméstico. Se relata con precisión: quién decide cuándo se friega, quién impone el domingo como jornada de limpieza, qué pasa si uno quiere esperar cuarenta y cinco minutos antes de recoger la cocina. No es glamuroso y es lo que más encona la conversación. Bajo el relato de las tareas late una idea repetida: sin pareja, nadie te marca los tiempos de tu propia casa.
La soledad a partir de cierta edad
El consenso se rompe cuando entra la edad. La objeción más repetida no es económica, sino social: a partir de cierto punto todo el mundo va con pareja y quien está solo queda en tierra de nadie, colgado en quedadas de matrimonios. Los hay que admiten que, con los años, la falta de compañía deja de parecer una elección y empieza a pesar.
Frente a eso, la defensa tradicional de la familia como institución imprescindible y el aviso de que las ventajas de la soltería no son recuerdos que reconforten en la vejez. La respuesta desde el otro lado es un caso concreto: un hombre de
44 años que asegura no cambiar su vida por la de ningún padre y que se arrepiente de
nueve años perdidos junto a una expareja, pese a no haber discutido nunca con ella.
Esconder el sueldo como estrategia
No todo es renuncia. Entre los argumentos económicos aflora una táctica incómoda: ocultar el nivel de ingresos para que la pareja no empiece a hacer cuentas. Un piso discreto lejos del centro, un coche básico, ropa de bajo coste y nóminas que no se enseñan. La lógica es fría: en cuanto el otro conoce la cifra, aparecen las expectativas y el gasto.
Ese relato choca con la corriente que sostiene que la mayoría de las parejas se llevan bien y que discusiones así retratan a quien las firma, no a la realidad. Hay reproches duros hacia esa amargura y comparaciones poco amables. También nostalgia: la de una época en que bastaba con ser un tipo trabajador y normal para casarse, sin listas de requisitos imposibles.
De inventario a trifulca
Con los kilómetros, el intercambio se degrada. Lo que empezó siendo un inventario de ventajas —cocinar menos, gastar menos, dormir mejor— acaba en insultos cruzados y acusaciones de resentimiento. Una parte defiende la soltería como desarrollo personal; otra la lee como el refugio de quien ya no negocia con nadie.
El dato que sobrevuela todo el asunto es incómodo: según una estimación del propio intercambio, el
90% de las personas está en la situación que ha elegido. Si eso es cierto, la pregunta deja de ser si la soltería tiene ventajas y pasa a ser por qué se elige tan poco lo que, sobre el papel, sale más barato.