¿Cuándo fue la última vez que al salir a la calle viste algo bonito? La pregunta, aparentemente inocente, destapa dos formas de mirar el mundo. Para unos, la respuesta son dos montañas, una cercana y otra a lo lejos. Para otros, no hay nada digno de admiración, quizá algún coche.
La belleza no es universal: montañas, hormigas y coches
La discrepancia no está en el paisaje, sino en el observador. Quien sostiene que una montaña no es más que «un trozo de tierra» encuentra, sin embargo, fascinante el movimiento de las hormigas; quien ve un bar de copas o una procesión como un elemento que afea el barrio, paga después por visitar en destinos exóticos lo que tiene a la puerta, y gratis. La belleza, en pocas palabras, es selectiva: se premia lo lejano y se desdeña lo cotidiano.
Vivir encerrado para no ver la calle
El extremo lo pone quien reconoce vivir en una finca de 7.000 m² y no pisar la calle salvo por obligaciones administrativas, encontrando solo «estiércol y borregos». Una imagen poderosa del confinamiento voluntario: blindarse contra lo urbano y, al mismo tiempo, echar de menos lo que no se mira. La pregunta inicial acaba siendo un retrato de cómo miramos —o dejamos de mirar— el espacio que habitamos. Al final, lo bonito no está ahí fuera; está en la decisión de encontrarlo. O en la excusa para no hacerlo.