Polonia y el Báltico en junio: 30 grados, agua a 17 y playas sin masificar
Mientras medio España se apelotona en la costa mediterránea, un viajero recorre en coche el norte de Europa y documenta una anomalía climática que rompe el estereotipo:
casi 30 grados en la playa de Polonia, alerta por calor excesivo con máximas de 28 y tormenta, y un mar Báltico que en Klaipeda (Lituania) marcaba
17 grados. El relato arranca con una escena que suena a provocación: dejar la cartera y las llaves en la arena, marcharse una hora a pasear y volver sin que falte nada.
El periplo, contado en primera persona y con vídeo a bordo, encadena Polonia, Lituania, Letonia, Finlandia y el intento de alcanzar el cabo Norte. Por el camino aparecen los lagos finlandeses, el círculo polar ártico, la villa de Santa Claus y una conclusión incómoda para el imaginario del viajero español:
Finlandia es aburrida. Autopistas buenas, sin desniveles, sin renos y sin la épica salvaje que prometía el folleto.
El agua fría como termómetro personal
El autor lleva una década bañándose en aguas gélidas. Viene de vivir en Ucrania y ha nadado en el
lago Baikal a unos 5 grados. Ese historial le sirve para calibrar el Báltico: 17 grados en Klaipeda le parecen templados, y confiesa que ya no aguanta el Mediterráneo más allá de abril o mayo. La anécdota no es menor: mide el desplazamiento de un turista que ha dejado de buscar sol y se ha acostumbrado al frío como criterio de calidad.
La comparación con España aparece pronto y sin paños calientes. Se sostiene que en las playas del norte de Polonia no hay masificación, ni colas, ni el paisaje humano que uno encuentra en la costa española en agosto. La tesis, discutible, se apoya en la observación directa y en la ausencia de incidentes: la cartera intacta es el argumento más elocuente.
Cabo Norte, cuarto intento y vuelta atrás
El plan original era llegar al extremo norte. No lo consiguió. A unos 100 kilómetros del círculo polar ártico, el viajero dio media vuelta:
700 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta solo para decir que había estado allí le pareció un mal negocio. La decisión, contada sin dramatismo, revela algo del turismo de récord: la meta importa menos que el trayecto.
El tramo finlandés decepcionó. Esperaba carreteras comarcales, tráfico escaso y paisaje abrupto. Encontró vías rápidas, buen firme y una orografía plana. Los lagos, eso sí, cumplieron: se bañó en ellos y el agua estaba menos fría de lo previsto. La villa de Santa Claus, a 8 kilómetros, quedó como parada obligatoria; el precio de entrada, entre
30 y 50 euros, según lo que leyó, aunque la web municipal lo anunciaba gratis.
Fronteras, corrupción y un aviso para navegantes
El relato incluye un episodio en la frontera rusa que sirve de advertencia. El autor intentó cruzar con unos motociclistas y se topó con un funcionario que llamó a su jefe y le amenazó con la cárcel. La conclusión, escrita con retranca:
no hagáis esto en casa, niños. La corrupción fronteriza, sostiene, ya no funciona como antes.
También hay consejos prácticos para quien piense en rutas similares: visado ruso obligatorio, frontera cerrada desde Lituania, tránsito por Georgia limitado a dos días y un coche cada dos horas, y precaución en Rumanía los días 1, 15 y 30 de los meses de verano por el retorno de trabajadores desde Constanza. El autor viaja con colchón en el coche, aparcado a diez metros de la playa, y comida para meses.
El mapa de recomendaciones: qué ver y qué evitar
La lista de lugares que van saliendo en la conversación dibuja una geografía alternativa al turismo de masas. Se recomienda la región de
Mazuria y los grandes lagos, alrededor de Mikołajki, para turismo de agua dulce. Se elogia Wroclaw, se aprueba Praga, se salva Budapest y se suspende Bucarest. De la costa rumana, Constanza, se prefiere Bulgaria. Grecia se propone para recorrerla parando en cada cala hasta Kevala, con ferry desde Italia. Turquía, dicen, ha mejorado mucho.
El tono general es el de quien ha convertido el viaje en forma de vida y ha dejado de esperar que el destino cumpla el folleto. La playa de Letonia, el ferry a Helsinki, el wifi lento que impide subir vídeos, el círculo polar que no impresiona: todo entra en el mismo relato de expectativa y ajuste. La pregunta, al final, no es adónde ir, sino cuánto frío está dispuesto a aguantar el viajero español para encontrar lo que ya no encuentra en casa.